Cuando llegué a Majagual, fue su risa la que primero me recibió, la que colgaba, suspendida en el aire frente a la tienda del cachaco. Esa esquina, ahora imborrable en mi memoria, fue donde conocí a Diana Gulfo Caballero, una mujer cuya risa tenía el poder de hacer eco en los rincones más oscuros del alma, iluminándolos con una luz tan cálida y constante que parecía que nunca se apagaría. Han pasado 31 años desde aquel encuentro, y aunque ella ya no está físicamente, su risa sigue colgada allí, intacta, como un faro en la neblina de los recuerdos.
Diana era maciza, de esas personas que parecen hechas de una fortaleza interior que se refleja en su cuerpo. Siempre rellenita, siempre dispuesta a servir, era la clase de persona que llenaba de vida cualquier espacio que habitaba. Nunca dejó su esquina, esa donde la conocí, y donde muchos de nosotros la vimos convertirse en una dirigente deportiva ejemplar. En El Universal, y más tarde en las calles sobre su moto, Diana se movía con una energía que pocos podían igualar. La recuerdo con su casco, chaleco y botas, montada en su moto como si fuera una extensión de su propio ser, siempre feliz, siempre lista para una nueva aventura.
Era esa felicidad la que irradiaba cada vez que nos encontrábamos. Como aquella vez en Plaza Latina, hace poco más de un año, cuando una tarde de cerveza nos reunió a mí y a Beatriz Diego Solano. Caía una lluvia ácida y menuda, como si la garganta de un dragón estuviera escupiendo su furia sobre la ciudad. En medio de esa lluvia apareció Diana, apenas visible bajo su casco y su abrigo, pero inconfundible en su forma de saludar. Recostó la moto en el andén, y cuando se quitó el casco, allí estaba, con su risa inmutable y sus incisivos delanteros asomándose, como siempre, al mundo con esa mezcla de picardía y bondad.
Tomamos dos cervezas ese día, y luego, en un gesto que en su momento pareció rutinario, pero que ahora veo cargado de una tremenda significancia, me llevó a casa y nos despedimos. No sabíamos que esa sería la última vez que nos veríamos. Ahora, cada vez que cierro los ojos, la veo con más claridad. No en el sentido físico, sino en ese brillo que dejó en el aire, en la eternidad de su risa, que sigue resonando en mi memoria como un eco inextinguible.
Diana Gulfo ya no está aquí para reírse conmigo, para preguntar por ese “cepillito” que solo nosotros entendíamos, pero su risa, esa risa que nunca cambió en 31 años, vive en mí. Es una risa que no pertenece al pasado, sino a un presente eterno, una luz que brilla con los ojos cerrados, iluminando los recuerdos de una amistad que se ha convertido en leyenda.



