El mundo avanzaba alegremente, a pasos agigantados, en función de la globalización. Se creía que estábamos en el auge de las economías, especialmente en los países subdesarrollados y en vías de desarrollo. Se esperaba la consolidación de un proceso de integración ascendente a nivel mundial, basado en un comercio equitativo, bajos aranceles, inversiones sólidas para el desarrollo social y el liderazgo de los grandes conglomerados financieros globales, con tecnología de punta al servicio de las regiones más necesitadas.
Todo esto, enmarcado en una eliminación progresiva de barreras comerciales, permitiría una expansión saludable del comercio de bienes y servicios, así como el acceso a conocimientos tecnológicos avanzados. Tecnologías que hoy hacen parte de lo que llamamos la Economía Circular, centrada en la reutilización de materiales para prolongar la vida útil de los productos y minimizar la contaminación ambiental. Una economía que transforma residuos electrónicos, aluminio, acero, textiles, plástico, papel, cartón, vidrio, madera y restos orgánicos como alimentos, en nuevas oportunidades.
Sin embargo, para desgracia del mundo, esa globalización —económica, social y religiosa— ha mutado peligrosamente hacia la violencia. Los conflictos se han vuelto el pan de cada día, alimentados por el afán de hegemonía de quienes ostentan el poder. Estos grupos buscan consolidar su dominio a través del sometimiento de otras naciones, maximizando su control económico, político, social y religioso.
Hoy, muchas fronteras arden. El olor a carne humana masacrada por mandatarios criminales se ha vuelto cotidiano. Estos enfermos del poder usan la violencia como una herramienta de política internacional, alardeando de sus “logros” en medios globales, mostrando cadáveres en las calles y destrucción por doquier. No les importa que sus ataques recaigan sobre civiles indefensos o instituciones sin capacidad de respuesta.
El auge de ideologías extremistas y la creciente polarización están empujando al mundo hacia la radicalización no solo económica y religiosa, sino también política. Una guerra mundial ya no parece una posibilidad lejana, sino una amenaza latente, alimentada por líderes que se aferran al poder, empeñados en imponer sus ideas de extrema izquierda o extrema derecha.
Lo que en un principio parecía una reivindicación para los países pobres, terminó siendo una globalización incompleta, incoherente y elitista. Una que arrojó por la borda las verdaderas políticas macroeconómicas, en donde el poder —o la desesperación por alcanzarlo— está por encima de la equidad, la pobreza, la falta de empleo digno. Y donde la guerra es el único instrumento que parece otorgar legitimidad, inmunidad y omnipotencia.
Esta violencia globalizada es la bandera de quienes solo viven para su propio ego. Su lema es claro: “exterminar para no ser exterminado”. Es una lucha despiadada por el poder, sin soluciones pacíficas, sin programas sociales sostenibles a mediano o largo plazo que ayuden al fortalecimiento de las democracias. Lo único que importa es el concepto de dominio absoluto, sin importar fronteras, ni sistemas políticos, ni vidas humanas.
Según el Global Peace Index (GPI) 2024, que mide el nivel de paz de los países, Colombia figura como el país menos pacífico de la región, con un puntaje de 2,88, ocupando el puesto 146 entre 163 naciones. El informe revela que: 92 países están involucrados en conflictos armados y 97 se han deteriorado en sus niveles de paz.
Guerras como las de Gaza y Ucrania, la devastadora guerra civil en Siria, los combates en la República Democrática del Congo, el conflicto en Sudán entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), y las crisis en Haití, Myanmar e incluso las tensiones entre Irán e Israel, son hoy los principales impulsores de esta globalización de la violencia.
Las cifras son desgarradoras: más de un millón de muertes por conflictos… y eso que, quizás, lo peor aún no ha comenzado. Dios nos libre.



