Este domingo, cuando millones de colombianos se disponen a compartir en familia, descansar y agradecer por el regalo de la vida, vale la pena detenernos a reflexionar sobre el momento histórico que atraviesa nuestra patria. Colombia vive días de incertidumbre, profundas divisiones, desconfianza institucional, violencia, dificultades económicas y una preocupante sucesión de escándalos que han golpeado la credibilidad de quienes han tenido la responsabilidad de conducir los destinos de la nación.
No podemos acostumbrarnos a vivir entre titulares de corrupción, amenazas, atentados, inseguridad y enfrentamientos políticos. Tampoco podemos permitir que el odio termine convirtiéndose en el lenguaje cotidiano de una sociedad que necesita reconciliación, justicia y sensatez.
Una nación no se construye únicamente con discursos, promesas electorales o decisiones desde los despachos del poder. Se construye con principios, honestidad, respeto por la vida, responsabilidad y compromiso con el bien común.
La Biblia nos recuerda en Proverbios 14:34: «La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones». Una enseñanza que cobra especial vigencia cuando observamos cómo la corrupción, la impunidad y el abuso de poder pueden debilitar las instituciones y destruir la confianza de los ciudadanos.
Colombia necesita justicia, pero también necesita recuperar la sensibilidad humana. Necesita gobernantes que comprendan que administrar los recursos públicos es un mandato de responsabilidad, no una oportunidad para satisfacer intereses particulares. Necesita una Fuerza Pública respetada, respaldada y dotada de las herramientas necesarias para cumplir su misión constitucional. Necesita jueces independientes, organismos de control sin compromisos políticos y ciudadanos que no negocien sus principios por conveniencias pasajeras.
Martin Luther King Jr. expresó una frase que conserva toda su fuerza: «La injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes». No podemos exigir justicia cuando nos favorece y guardar silencio cuando afecta a quienes piensan diferente. La honestidad no puede tener partido, y la defensa de la verdad no puede depender de nuestras simpatías políticas.
Pero tampoco podemos perder la esperanza. Criticar lo que está mal es necesario; trabajar por lo que puede mejorar es una obligación. El pesimismo no puede arrebatarnos la capacidad de creer en una Colombia distinta, donde nuestros hijos puedan caminar tranquilos, donde el campesino trabaje sin miedo, donde el ganadero no sea víctima de extorsiones y donde ningún colombiano tenga que despedir a un ser querido por culpa de la violencia.
En Romanos 12:21 encontramos otra poderosa enseñanza: «No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal». No significa permanecer indiferentes ante la injusticia, sino enfrentarla sin perder la dignidad, los principios ni la condición humana.
También debemos recordar que la familia sigue siendo el primer escenario donde se forman los ciudadanos. Allí nacen el respeto, la solidaridad, la disciplina, la fe y el amor por la patria. No podemos pedir una sociedad mejor si renunciamos a educar con valores a las nuevas generaciones.
Invito a los colombianos a hacer una pausa, elevar una oración por nuestra nación, por nuestros soldados, policías, campesinos, trabajadores, gobernantes y por todas las familias que atraviesan momentos difíciles.
Pidámosle a Dios sabiduría para quienes toman decisiones, fortaleza para quienes defienden la vida y consuelo para quienes han perdido a sus seres queridos. Como escribió el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry: «El sentido de la vida es darla». Que nunca perdamos la capacidad de servir, de ayudar y de construir.
Colombia ha sobrevivido a momentos muy difíciles y tiene razones para seguir creyendo en su futuro. Pero no habrá transformación verdadera sin justicia, no habrá paz duradera sin respeto por la vida y no habrá prosperidad sostenible sin honestidad. Que Dios bendiga a Colombia, ilumine sus caminos y nos conceda la sabiduría para entender que una patria mejor comienza cuando cada uno de nosotros decide hacer lo correcto. Que la paz de Dios habite en sus hogares y que nunca nos falten la fe, la salud, el amor y la esperanza.



