Buena pregunta para cada uno de dichos sectores. La política en Colombia se mueve en múltiples frentes. Para el 2026 tendremos todo tipo de candidatos y candidatas, y seguramente será una contienda «para alquilar balcón». Si hoy los enfrentamientos verbales ya son de alto voltaje —sin importar sus consecuencias, muchas de las cuales están a la vista—, es previsible que, una vez arranque formalmente la campaña, vivamos una de las elecciones más complejas en la trágica historia política del país.
La premisa de que existe desconfianza institucional es hoy el caballo de batalla de muchos precandidatos. Algunos se ufanan de ser los redentores de la institucionalidad; otros, con verborrea estilo «20 de julio», hacen creer que representan la mano dura: “Conmigo el orden se restablecerá”. Sin embargo, la realidad es otra: son bufones de la coyuntura, no proponen soluciones concretas, no presentan argumentos realizables, y mucho menos han estudiado con profundidad el funcionamiento del Estado. Carecen de visión, de formación, y de un verdadero discernimiento con claridad meridiana.
Varios de esos seudocandidatos presidenciales están realizando actividades proselitistas al margen de la ley, usando redes sociales y plataformas digitales como internet y sitios web. Esto, a pesar de que la Sala Plena del Consejo Nacional Electoral (CNE) ya dejó claro que hacer publicidad política en redes durante la época prohibida compromete la conducta de los aspirantes. De acuerdo con el CNE, estas plataformas solo pueden utilizarse hasta 60 días antes de la votación.
Nuestro esquema electoral podría incluir hasta cuatro fechas de votación, si se considera la elección del Congreso (Senado y Cámara) y una eventual segunda vuelta presidencial. Y ya tenemos, como se dijo, la bicoca de casi 100 aspirantes —algo insólito que no cabe en una sola foto—, a la espera de muchos otros que llegarán con las tradicionales «artimañas de alianzas», mal llamadas “acuerdos programáticos”, que suelen ignorar la ideología o plataforma política de los partidos involucrados.
Es probable que aún falten algunos que desean ser candidatos. Algunos están semi-escondidos, otros en las penumbras, esperando las bendiciones o las órdenes de sus jefes políticos. En Colombia, los presidentes —con muy pocas excepciones, como Uribe o Petro— no surgen de un proyecto auténtico, sino que son impuestos para defender una filosofía política, económica, social, cultural o religiosa aparente. O, peor aún, son promovidos por patriarcas que buscan engendrar el poder en vientre ajeno, como ha sucedido con algunos expresidentes.
Pero esto, aunque preocupante, no es lo más grave. Lo realmente irracional es que muchos aspirantes no entienden que para ser presidente se necesita tener talla de hombre de Estado. Es decir, deben estudiar el Estado, conocer su pasado, entender su presente y proyectar un futuro con visión estratégica, no con politiquería. Lamentablemente, estos perfiles son los que menos abundan.
Un verdadero estadista debe salir a los espacios públicos o académicos a proponer cómo resolver los problemas económicos, fortalecer las empresas, generar empleo y bienestar, impulsar la educación, y alcanzar acuerdos reales para la paz con los actores armados ilegales. Pero muchos de los actuales precandidatos se presentan como cabezas visibles del clientelismo, la corrupción y el nepotismo, defensores de un capitalismo salvaje que asume que el Estado existe para que los ricos sean más ricos y los pobres vivan en miseria absoluta.
No nos cansamos de repetir lo dicho por Carlos March, de la Fundación Avina, en su texto Las cinco distorsiones que separan una gran elección de un gran gobierno:
**“Existen cinco distorsiones que separan una gran elección de un gran gobierno:
- Una coalición de gobierno sin coalición
- Una democracia sin demócratas
- Un Estado sin estadistas
- Un gobierno sin Estado
- Un civismo sin ciudadanía”**
Casi todas esas premisas se han perdido.
Nuestro próximo presidente, sea de izquierda, derecha o centro, debe comprometerse a recuperarlas, por el bien de la patria y de todos los colombianos.



