El mandatario distrital ordenó la eliminación de los tradicionales coches turísticos del Centro Histórico para reemplazarlos por carritos eléctricos. La medida, presentada como un avance en sostenibilidad, ha desatado indignación por borrar una tradición centenaria que da sustento a decenas de familias cartageneras.

Cartagena de Indias, Patrimonio Histórico de la Humanidad y joya del Caribe, ha sido durante casi un siglo escenario de una postal inconfundible: los coches tirados por caballos que recorren el Centro Histórico al caer la tarde. Pero esa imagen está a punto de desaparecer.
El alcalde Dumek Turbay decidió eliminar los coches turísticos y reemplazarlos por vehículos eléctricos, bajo los argumentos de “modernización” y “bienestar animal”. Sin embargo, la medida ha sido calificada por muchos como una decisión precipitada e insensible que desconoce el valor cultural, económico y simbólico de una tradición viva.
Los coches turísticos no son solo un atractivo: son una herencia viva que ha pasado de generación en generación. Detrás de cada carruaje hay familias enteras que viven de este oficio y una cadena de trabajadores —herreros, talabarteros, carpinteros y veterinarios— que sostienen la tradición.
“Nos están quitando la vida”, dicen los cocheros, quienes aseguran que el Distrito nunca propuso una alternativa digna ni un programa real de bienestar animal. “Modernizar sin destruir era posible”, reclaman. En lugar de fortalecer y regular el oficio, la administración optó por eliminarlo, disfrazando la medida de “progreso sostenible”.
Mientras ciudades como Viena, Roma o Sevilla conservan sus carruajes bajo estrictas normas de cuidado animal, Cartagena reniega de sí misma, sacrificando una parte de su identidad en nombre de una modernización mal entendida.
El sonido de los cascos sobre el empedrado, el saludo de los cocheros y el brillo de los carruajes iluminados por las farolas eran parte del encanto sensorial y emocional que enamoraba a turistas y locales. Reemplazar esa esencia con carritos eléctricos es, como diría un poeta, cambiar una guitarra de madera por una grabación digital: práctica, sí, pero sin alma.
Detrás de esta medida hay un drama social: decenas de familias quedan sin sustento ni identidad laboral. Los cocheros han sido embajadores silenciosos de Cartagena, guardianes de una tradición que ahora desaparece sin compensación justa.
El progreso real no debería borrar la historia, sino construir sobre ella. Cartagena no necesitaba eliminar sus cocheros: necesitaba cuidarlos, regularlos y dignificarlos.

Con esta medida, Cartagena entierra parte de su alma. El alcalde Dumek Turbay podrá presumir de modernidad, pero cada carrito eléctrico que recorra las calles del Centro recordará que, en nombre del progreso, la ciudad sacrificó una tradición que la hacía única en el mundo.

