Colombia parece condenada a repetir la misma tragedia electoral cada cuatro años: candidatos del centro y la derecha que, pese a contar con el respaldo natural de una ciudadanía cansada de los experimentos progresistas, terminan destruyéndose entre ellos con una ferocidad mayor que la que exhiben contra la izquierda que aseguran querer derrotar. Mientras se atacan por micrófonos, encuestas y egos inflados, la izquierda observa desde el palco, toma nota de cada fractura y afina la estrategia que ya le funcionó en 2022: conquistar el poder con apenas un tercio del país, aprovechando la necedad de sus opositores.
La fragmentación del espectro no progresista no es solo un error táctico, es una estupidez histórica que se repite sin excepción incluso cuando los riesgos para la democracia, la economía y la institucionalidad son más graves que nunca. Colombia se aproxima a una elección determinante, pero quienes deberían liderar la alternancia siguen comportándose como si se tratara de un concurso de vanidades y no de una responsabilidad con la nación.
Mientras la derecha se despedaza, la izquierda, pese a sus desaciertos, ha logrado sostener un voto duro disciplinado y emocional. El gobierno puede estar hundiendo la economía, fracturando la seguridad y debilitando al Estado, pero sus líderes jamás compiten entre sí con la saña fratricida que caracteriza a los precandidatos del otro lado. Los progresistas entienden que para ganar no basta con tener la razón: hay que sumar. Y mientras ellos suman, el centro y la derecha se dedican a restar.
Hoy se observa una fila interminable de precandidatos obsesionados no con presentar propuestas, sino con demostrar quién es el “verdadero opositor”, el más puro, el menos contaminado, el más antisocialista, el más capaz de “derrotar a Petro”, aun cuando nadie se los haya pedido. Todos se creen imprescindibles. Todos hablan de unidad, pero ninguno es capaz de dar un paso al lado para construirla. El resultado: un país en crisis gobernado por un proyecto político que avanza no por mérito propio, sino por la torpeza de sus adversarios.
Mientras cada precandidato reclama protagonismo, los ciudadanos pagan el precio del desgobierno: inflación persistente, inseguridad creciente, terrorismo revitalizado, abandono de las regiones, parálisis institucional y una polarización permanente alimentada desde el poder. Insistir en múltiples candidaturas en este contexto no es solo irresponsable, es prácticamente una complicidad silenciosa con la continuidad del modelo actual. El ego político, cuando se desborda, deja de ser una característica humana para convertirse en una amenaza nacional. Y aquí casi nadie se salva: desde los nuevos mesías de la “centroderecha moderna” hasta los adalides de la oposición “dura y pura”, pasando por tecnócratas convencidos de que con gráficos es posible derrotar una maquinaria emocional. Todos prometen unidad, pero ninguno la construye. Todos prometen salvar al país, pero ninguno renuncia a su ambición personal para hacerlo.
En contraste, la izquierda tiene su estrategia definida: dividir para reinar, victimizarse para agrupar, polarizar para distraer y convertir toda crítica en “golpe blando” o en “odio de clase”. Y mientras esa estrategia avanza, el centro y la derecha siguen atrapados en una eterna adolescencia política.
Colombia no necesita cien candidatos opositores: necesita uno, fuerte, viable, competitivo y capaz de conquistar al votante moderado que define las elecciones. Necesita un liderazgo que una, no que divida. Pero eso solo será posible cuando los precandidatos entiendan que el verdadero adversario no es quien compite dentro del mismo espectro ideológico, sino el modelo de país que está destruyendo oportunidades, erosionando la institucionalidad y debilitando la democracia.
Si la izquierda retiene el poder en 2026, no será por mérito propio. Será por la incapacidad del centro y la derecha para actuar con grandeza. Será porque ninguno quiso ceder. Porque todos se creyeron indispensables. Porque todos estuvieron más preocupados por aparecer en la foto que por asumir el deber histórico de evitar cuatro años más de improvisación y radicalismo. Si la continuidad se impone, no podrán culpar a Petro, ni a las encuestas, ni a los medios. Los únicos responsables serán ellos: los precandidatos que, teniendo la oportunidad de cambiar el rumbo del país, prefirieron alimentar su orgullo.
Queda poco tiempo para corregir. La unidad no se decreta: se construye con renuncias, humildad y visión de país. Si el centro y la derecha no lo entienden ahora, Colombia repetirá la misma pesadilla electoral y las consecuencias caerán, nuevamente, sobre el ciudadano común. La historia no perdona a los soberbios, y esta vez tampoco lo hará con quienes, pudiendo evitar el declive, escogieron profundizarlo. Si la izquierda continúa en el poder, los únicos culpables serán ellos. Sin excepción.

