“…Lo que deseamos los colombianos es un gobierno de centro, sin posiciones egocéntricas y con la capacidad de unir al país…”
La política en Colombia se mueve hoy entre revoluciones esquizofrénicas, con una proliferación de candidatos presidenciales que contrasta con la escasez de verdaderos hombres de Estado. Muchos aspirantes parecen no comprender que gobernar implica estudiar el Estado, analizar su pasado, entender su presente y proyectar su futuro con visión de estadista, no con la lógica reducida del politiquero.
Un candidato presidencial debe estar enfocado en resolver el problema económico, fortalecer la empresa privada, generar empleo y bienestar social, así como minimizar la guerra mediante acuerdos reales, no a través de los ya desgastados y leoninos “acuerdos programáticos”, cargados de burocracia e intereses particulares.
A pocos meses de las elecciones presidenciales en Colombia, la historia reciente demuestra que liderazgos como los de Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro no surgen con facilidad: nacen, quizá, cada cincuenta o sesenta años. Sin embargo, ambos desaprovecharon su capital político y hoy tienen al país al borde del colapso, atrapado en una confrontación permanente entre la extrema derecha y la extrema izquierda, una pugna que se ha trasladado a otros aspirantes presidenciales que, por esa razón, ni siquiera merecen ser mencionados.
La población colombiana está cansada no solo del actual presidente, sino también de los expresidentes, cuya camorra constante con todo aquel que discrepa degrada la dignidad de sus investiduras. En épocas preelectorales, sus discursos distan mucho de la ecuanimidad y la elegancia que exige su trayectoria histórica, cuando lo que el país reclama son posturas serenas y responsables.
El rumbo del otrora glorioso Partido Liberal parece ya parte del pasado. Su último presidente fue Ernesto Samper Pizano (1994-1998), marcado por el proceso 8.000. Luego, la figura de César Gaviria (1990-1994), impulsada tras el asesinato de Luis Carlos Galán, terminó reducida a ecos de confrontación politiquera, como el ya célebre grito “¡Mentiroso, Uribe mentiroso!”, que derivó en la frase popular “No votaremos por el que diga Gaviria”. Paradójicamente, hoy la dinámica corrupta de la política lo lleva a tejer alianzas bajo la mesa con aquel mismo adversario.
Si el Partido Liberal carece de líderes de alto turmequé, el Partido Conservador no se queda atrás. A pesar de haber sido una de las fuerzas políticas más influyentes desde el siglo XIX hasta el gobierno de Andrés Pastrana Arango (1998-2002), los efectos de la corrupción, el usufructo del Estado y la pérdida de principios históricos lo condujeron a un declive profundo, sin liderazgo visible ni opción presidencial real, convertido —al igual que el liberalismo— en un simple parásito del poder de turno.
Hoy, las dos posturas con mayor probabilidad de acceder a la Presidencia son irreconciliables en su esencia, manteniendo al país en un estado permanente de incertidumbre político-económica y social. A este escenario se suma la reciente proclama subliminal del expresidente Uribe, al convocar a un supuesto “estallido democrático” en las elecciones de 2026.
La extrema derecha coarta libertades, vulnera derechos humanos, defiende de forma violenta posturas conservadoras, militaristas y fascistas, e incentiva la xenofobia, el racismo, la homofobia, la aporofobia y los crímenes de odio, con políticas económicas poco claras y escasamente orientadas a lo social.
Por su parte, la extrema izquierda tampoco ofrece un camino alentador: se mueve entre inexactitudes y vertientes irreconciliables, manipula conceptos como el libre desarrollo de la personalidad, la igualdad y la libertad, e impone una férrea disciplina en todos los niveles de la sociedad. Colombia no puede quedar expuesta a los vaivenes de una izquierda revolucionaria y radical que pretenda imponer ideologías o sistemas económicos y sociales encaminados al imperio del comunismo.
Lo que desean los colombianos es un gobierno de centro, sin egos desbordados, con la capacidad de unir al país mediante propuestas positivas y políticas equilibradas, alejadas de los extremos; un gobierno que enfrente con decisión la corrupción y el nepotismo, y que implemente políticas económicas que realmente beneficien a la población.

