No pedimos prodigios imposibles. Pedimos que Colombia deje de vivir como si existir fuera una penitencia eterna.
Querido Niño Dios:
Sabemos que en diciembre tu buzón rebosa de cartas. Te escriben desde todos los rincones del mundo pidiendo salud, empleo, amor y algún milagro urgente. Pero esta carta nace en Colombia, un país que ya no sabe si pedir deseos, exigir derechos o simplemente rogar que no empeore lo que ya está mal.
Empezamos por lo esencial: la paz. Esa palabra tan pronunciada como manoseada. Aquí la pedimos sin disfraces. No la paz de discursos vacíos, ni la paz negociada a espaldas de las víctimas, ni la que confunde perdón con impunidad.
Queremos una paz real, con orden, autoridad legítima y respeto por la vida. Un país donde el Estado no se arrodille ante el criminal mientras reprende al ciudadano honesto. Que las balas descansen, sí, pero que la justicia despierte de una vez por todas.
De paso, Niño Dios, ayúdanos con la inseguridad, porque en Colombia el miedo ya no tiene domicilio fijo: vive en los barrios, en las carreteras, en el campo y, a veces, en las propias instituciones.
Que salir de casa no sea una odisea ni regresar un acto de fe. Que policías y soldados no sean tratados como estorbo político, sino como lo que son: la primera línea que protege a una nación cansada de enterrar a los suyos.
Hablemos de salud. Aquí ya no discutimos si el sistema es perfecto, sino si funciona. Que nadie muera esperando una cita. Que un medicamento no sea un privilegio. Que la ideología no se imponga sobre la vida.
Que la salud deje de ser un experimento político y vuelva a ser un derecho garantizado, porque en Colombia la enfermedad no solo duele: también arruina y desespera.
Si te queda espacio en la agenda, Niño Dios, mira la economía real, no la de los informes optimistas, sino la del mercado, el recibo de la luz y el rebusque diario.
Que trabajar alcance para vivir con dignidad. Que emprender no sea castigado. Que el empleo formal no sea un lujo y que la inflación deje de ser el impuesto silencioso que empobrece a los de siempre. La clase media no puede seguir en vía de extinción.
Ayúdanos también con la corrupción. No pedimos que desaparezca de un día para otro —sabemos que ni los milagros llegan tan lejos—, pero sí que se castigue, que no se premie, que no se normalice. Que robar al Estado vuelva a dar vergüenza y no aplausos. Que la política deje de ser una empresa familiar y el erario una herencia mal habida.
Niño Dios, danos claridad institucional. Que la justicia no sea selectiva ni ideológica. Que los jueces fallen en derecho y no en conveniencia. Que cortes, comisiones y tribunales recuerden que su lealtad es con la Constitución, no con el gobierno de turno. Porque cuando la justicia pierde credibilidad, el país pierde el rumbo.
No olvides al campo colombiano, ese que siempre aparece en los discursos y casi nunca en los presupuestos. Que al campesino no lo sigan desplazando ni por la violencia ni por el abandono. Que producir alimentos no sea una sentencia de pobreza. Que la tierra vuelva a ser sinónimo de esperanza y no de riesgo.
Y ya que estamos siendo honestos, Niño Dios, haz algo con nuestra dirigencia política. Que bajen el ego. Que entiendan que Colombia es más grande que sus vanidades. Que la oposición aprenda a unirse y el gobierno a escuchar. Que gobernar no sea hacer campaña eterna y que disentir no sea tratado como traición.
No te pedimos que nos quites los problemas. Colombia siempre ha sabido resistir. Te pedimos que nos quites la resignación. Que no normalicemos el desastre, que no aplaudamos la mediocridad, que no callemos frente al abuso.
Esta carta no es un acto de fe ciega, es un acto de memoria. Este país ya ha salido adelante antes, incluso en peores circunstancias. Y aunque hoy parezca cansado, dividido y golpeado, sigue creyendo que puede ser mejor.
Así que, Niño Dios, si esta Navidad puedes concedernos algo, que sea esto: más sentido común, menos fanatismo y la valentía colectiva para hacer lo que sabemos que hay que hacer. Colombia no necesita milagros celestiales; necesita decisiones terrenales. Pero si desde el pesebre nos echas una ayudita… no nos ofendemos. Amén.

