La entrada en vigencia del Decreto 2296 de 2025, que prohíbe definitivamente la circulación de coches de tracción animal en el Centro Histórico y el cordón amurallado, no es un simple ajuste operativo del turismo: representa un punto de inflexión en la manera como la ciudad concibe su identidad, su economía tradicional y su relación con el patrimonio.
La medida, impulsada por la administración del alcalde Dumek Turbay y aplicada desde el 29 de diciembre de 2025, reemplaza una práctica centenaria por una flota regulada de coches eléctricos, con el objetivo de garantizar bienestar animal, sostenibilidad ambiental y formalización del servicio turístico. Para Cartagena, una ciudad cuyo atractivo se basa en la experiencia histórica y simbólica, el cambio trasciende lo técnico y abre un debate estructural sobre qué significa modernizar sin desdibujar la memoria urbana.
Más allá de la polémica inmediata, el núcleo del debate se concentra en tres asuntos clave para el futuro de Cartagena:
- El modelo turístico: la transición hacia coches eléctricos busca estandarizar el servicio, elevar su calidad y alinearlo con tendencias globales de sostenibilidad. Sin embargo, también plantea el riesgo de homogeneizar la experiencia, reduciendo el componente distintivo que diferencia a Cartagena de otros destinos patrimoniales.
- El impacto social: al menos 62 familias dependían directamente de la operación de los coches de caballos. Aunque la Alcaldía ha informado sobre procesos de diálogo, capacitación y acuerdos de voluntades, la transición pone a prueba la capacidad del Distrito para convertir una política ambiental en una oportunidad de inclusión laboral real, y no en un simple reemplazo tecnológico.
- La gobernanza del espacio histórico: el Centro Histórico es un territorio altamente sensible. Cualquier decisión que modifique usos tradicionales obliga a un equilibrio fino entre autoridad pública, interés privado y derechos adquiridos, para evitar conflictos sociales, percepciones de exclusión o concentración económica.
¿Está en riesgo el estatus de Patrimonio Mundial?
Desde el punto de vista técnico y jurídico, no existe un pronunciamiento de la Unesco que condicione la declaratoria de Cartagena a la permanencia de los coches de tracción animal. La inscripción de 1984 se fundamenta en el valor universal excepcional de su sistema de fortificaciones y conjunto monumental, no en actividades turísticas específicas.
No obstante, organismos patrimoniales internacionales han sido claros en un punto: las ciudades históricas deben preservar la relación viva entre arquitectura, usos sociales y prácticas culturales. Por ello, aunque la decisión no amenaza de manera directa el estatus de Patrimonio Mundial, sí podría generar observaciones técnicas si la transformación no se gestiona con criterios de autenticidad, participación y gradualidad.
El decreto es sólido en su propósito ambiental y animalista, pero deja abiertos retos estratégicos para la ciudad:
- La transición laboral debe consolidarse con resultados verificables, no solo con anuncios.
- La operación de los coches eléctricos requiere reglas claras de acceso y competencia, para evitar que la modernización derive en un monopolio privado.
- La política debe integrarse a una visión de largo plazo del Centro Histórico, donde movilidad, turismo y patrimonio dialoguen entre sí.
Cartagena frente al espejo internacional
Ciudades como Viena, Nueva York, Bruges o Roma muestran que no existe una fórmula única. Algunas optaron por regulación estricta; otras, por zonificación o reducción progresiva. El elemento común es la gestión cuidadosa del cambio, entendiendo que el patrimonio no es solo piedra, sino también práctica social.
Cartagena ha decidido avanzar con mayor determinación hacia la modernización. El éxito de esta apuesta dependerá de cómo se administre el proceso, más que de la tecnología adoptada.
La eliminación de los coches de tracción animal no es ilegal ni contraria a los estándares internacionales, pero sí es una de las decisiones más simbólicas de la actual administración. Marca un cambio en la narrativa de ciudad, en su oferta turística y en la manera como se equilibran tradición, derechos animales y economía popular.
Para Cartagena, el reto no es volver atrás ni imponer el cambio, sino convertir esta transición en un ejemplo de modernización con sensibilidad social y respeto patrimonial. De ello dependerá que la ciudad avance sin sacrificar aquello que la hace única ante el mundo.



