Las Sabanas de Sucre han sido, históricamente, cuna de ganadería, tradición campesina y esfuerzo familiar. Sin embargo, este paisaje productivo enfrenta hoy una de sus crisis más profundas: la caída sostenida en el precio de la leche está asfixiando al pequeño productor, poniendo en riesgo no solo su sustento, sino la estabilidad social de miles de hogares.
El panorama es alarmante. En esta región se producen aproximadamente 350.000 litros de leche diarios en la informalidad, y cerca del 80 % de esa producción proviene de 5.000 familias de pequeños productores que dependen exclusivamente de esta actividad. Cuando el precio se desploma de forma abrupta, el impacto deja de ser una cifra estadística para convertirse en una realidad cruda: menos alimento en la mesa, dificultades para costear educación y salud, y un creciente endeudamiento rural.
En los últimos meses, medios nacionales y regionales han advertido sobre la sobreoferta y las barreras de comercialización, sumadas a la presión de las grandes industrias procesadoras en la fijación de precios. Mientras el consumidor final paga en supermercados valores que superan los $4.000 por litro, el productor recibe en finca pagos que ni siquiera cubren los costos básicos.
Insumos como el transporte, concentrados, medicamentos veterinarios y la mano de obra han encarecido la operación, mientras el precio pagado al campesino disminuye o permanece estancado. Muchos continúan ordeñando por tradición y necesidad, pero ya no por viabilidad económica.
La informalidad agrava el escenario. Al no contar con contratos estables, acceso a incentivos estatales o respaldo financiero, el productor primario queda a merced de los intermediarios. Lo que ocurre en Sucre es el reflejo de una ausencia de políticas efectivas de estabilización y la falta de inversión en plantas de transformación local que permitan agregar valor al producto.
No hablamos solo de balances comerciales; hablamos de una crisis con rostro humano. El abandono del campo y la migración rural son las consecuencias directas de no pagar lo justo. Por ello, se requiere un compromiso real de los gremios y el Gobierno Nacional para implementar:
- Mecanismos de concertación: Garantizar precios mínimos que respeten la estructura de costos.
- Formalización y crédito: Facilitar el acceso a créditos blandos y programas de respaldo financiero.
- Transformación local: Promover plantas regionales para procesar la leche en las Sabanas.
- Compras públicas: Priorizar a los productores locales en programas de alimentación escolar (PAE) y mercados institucionales.
La ganadería de pequeña escala en Sucre es identidad y arraigo territoral. Permitir que el pequeño productor sucumba es abrir la puerta a un deterioro social mucho más costoso de reparar en el futuro. El país no puede hablar de seguridad alimentaria si ignora a quienes producen el alimento.
La crisis exige decisiones estructurales y diálogo sincero. El campesino no pide privilegios, sino reglas claras y condiciones dignas para seguir trabajando. Es momento de escuchar al campo antes de que el silencio en los establos confirme que el pequeño productor, finalmente, sucumbió.

