No vivo de la religión ni critico a nadie por su fe. Vivo para servir sin hacer daño a nadie. Pero la razón de mi existencia es Jesucristo.
Vivimos tiempos extraños. El mundo parece correr desesperadamente hacia el abismo mientras la humanidad pierde, poco a poco, la capacidad de reconciliarse consigo misma, con su prójimo y con Dios. Las guerras se multiplican, los conflictos internacionales aumentan, el odio se normaliza y la mentira se disfraza de verdad. El amor se enfría, la misericordia escasea y el egoísmo gobierna el corazón de millones.
Tal vez por eso las palabras de Jesucristo cobran hoy más vigencia que nunca: “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12).
Nos hemos acostumbrado a vivir una fe de apariencias. Una fe de domingos, de templos llenos, de grandes escenarios, luces, aplausos y multitudes. Mientras tanto, el verdadero mensaje del Evangelio —el arrepentimiento, la humildad, el perdón y el amor al prójimo— parece quedar olvidado detrás de las paredes de concreto y de las ambiciones humanas.
No se trata de un ataque contra ninguna religión o denominación. No es una crítica exclusiva al católico que celebra a su santo patrono y luego termina perdido en el desenfreno de una fiesta pagana. Tampoco es únicamente contra el cristiano evangélico que levanta enormes templos mientras en su corazón aún habitan el orgullo, la vanidad y la indiferencia. Es un llamado para todos.
Desde el Papa hasta el sacerdote más humilde. Desde el pastor más reconocido hasta el joven más reciente de una congregación. Desde quien predica en un altar hasta quien escucha sentado en una banca. orque la realidad es una sola: nos hemos alejado de Dios.
Jesús lo advirtió con dureza cuando habló de los “sepulcros blanqueados” (Mateo 23:27): hermosos por fuera, pero muertos por dentro. Y qué doloroso resulta reconocer que muchas veces la humanidad actual se parece demasiado a esa descripción. Mucha apariencia espiritual, pero poca transformación interior. Mucha religión, pero poca compasión. Mucha doctrina, pero poco amor verdadero.
El Evangelio nunca se trató de edificios gigantescos. Nunca se trató de quién tiene la iglesia más grande o la congregación más numerosa. Cristo nació en un pesebre, caminó entre pobres, lavó los pies de sus discípulos, tocó leprosos, perdonó pecadores y murió en una cruz por amor. Ahí está la esencia del cristianismo.
El apóstol Pablo escribió: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena” (1 Corintios 13:1). Hoy abundan los discursos, pero falta amor. Sobran predicaciones, pero faltan lágrimas sinceras de arrepentimiento. Hay muchos altares, pero pocos corazones verdaderamente rendidos ante Dios.
Y mientras seguimos distraídos con las cosas terrenales, el tiempo avanza. La Biblia enseña que nadie sabe el día ni la hora, pero también deja claro que existirán señales: guerras, rumores de guerras, hambre, pestes, división, odio y confusión espiritual. Todo eso lo estamos viendo delante de nuestros ojos. El final de los tiempos no debe producir solamente miedo; debe producir reflexión.
Todavía hay tiempo para pedir perdón. Tiempo para reconciliarnos con aquel hermano al que dejamos de hablarle. Tiempo para abrazar a nuestros padres. Tiempo para reconocer nuestros errores. Tiempo para abandonar el orgullo. Tiempo para arrodillarnos y decirle a Dios: “Señor, he fallado”.
Qué diferente sería el mundo si aprendiéramos nuevamente a servir. Si los líderes religiosos buscaran más almas y menos fama. Si los creyentes entendieran que la santidad no está en la apariencia externa, sino en la limpieza del corazón.
San Agustín decía: “La medida del amor es amar sin medida”. Y quizás eso es justamente lo que nos falta: amar más y juzgar menos; servir más y aparentar menos; humillarnos más y exhibirnos menos.
Hoy, en esta reflexión dominical, no señalemos a nadie. Mirémonos primero a nosotros mismos. Porque todos hemos fallado. Todos hemos pecado. Todos necesitamos misericordia.
Pidámosle perdón a Dios por nuestra soberbia, por nuestra indiferencia, por nuestras mentiras, por nuestras divisiones y por haber cambiado muchas veces la esencia del Evangelio por intereses humanos. Que podamos volver al Cristo vivo. No al Cristo de apariencia, sino al Cristo del amor, del sacrificio y de la verdad.
Porque quizás nos queda mucho por hacer… pero el tiempo cada vez parece más corto. Y tal vez la pregunta más importante no sea cuándo vendrá el final, sino si estaremos preparados cuando llegue.



