Las urnas dejaron un mensaje que va mucho más allá de los números. Mientras Colombia quedó prácticamente dividida en dos mitades entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, Cartagena y Bolívar decidieron hablar con una voz propia. Y esa voz fue inequívoca.
En un escenario nacional marcado por el avance de una candidatura de derecha que logró imponerse en la mayoría de las regiones del país, Bolívar se convirtió en una de las excepciones más significativas del mapa electoral colombiano. No se trató de una victoria ajustada ni circunstancial. Fue una demostración de fuerza política.
Iván Cepeda no solo ganó en Cartagena y en Bolívar; consolidó una ventaja que ratifica la vigencia electoral de los sectores progresistas en uno de los departamentos más importantes del Caribe. Los más de 239 mil votos obtenidos en la capital y los más de 153 mil alcanzados en el resto del departamento revelan que, pese al desgaste que enfrenta el Gobierno Nacional y a las dificultades que atraviesa el proyecto político del Pacto Histórico, existe una base social y electoral que continúa identificándose con las banderas de la izquierda.
La lectura es especialmente relevante porque contradice una narrativa que durante meses dominó buena parte del debate político nacional: la idea de que el desgaste del Gobierno se traduciría automáticamente en un desplome electoral de las fuerzas progresistas. Lo ocurrido en Bolívar demuestra que la realidad es mucho más compleja. El malestar frente a la administración nacional no necesariamente se convirtió en un rechazo uniforme hacia las candidaturas asociadas a ese sector político.
Cartagena, además, vuelve a confirmar una tendencia que ya no puede considerarse coyuntural. La ciudad se ha consolidado como uno de los principales bastiones electorales de las corrientes progresistas en el Caribe colombiano. Elección tras elección, una parte importante de su electorado ha respaldado propuestas asociadas a transformaciones sociales, mayor intervención estatal y agendas de inclusión. Lo sucedido este 31 de mayo no fue una excepción; fue la continuidad de una tendencia que se viene fortaleciendo desde hace varios ciclos electorales.
Sin embargo, detrás de la victoria de Cepeda aparece un dato mucho más inquietante que debería preocupar a todos los sectores políticos: la abstención. Más de 445 mil cartageneros habilitados para votar decidieron quedarse en casa. En Bolívar, la participación apenas superó el 46%, muy por debajo del promedio nacional.
Esa cifra revela que la verdadera mayoría política del departamento no está representada por ninguno de los candidatos que compiten por la Presidencia. Está conformada por los ciudadanos que continúan alejados de las urnas, desencantados de la política o convencidos de que su voto no cambia la realidad.
Por eso, la segunda vuelta presidencial no se definirá únicamente en la disputa entre las estructuras políticas existentes. Se definirá en la capacidad que tengan las campañas para conectar con ese enorme segmento de ciudadanos que permaneció indiferente frente a la primera convocatoria electoral.
La elección también deja otra enseñanza: las maquinarias siguen siendo importantes, pero ya no son suficientes para explicar por sí solas el comportamiento electoral. Los votantes están respondiendo cada vez más a percepciones nacionales, a emociones colectivas, a preocupaciones sobre seguridad, empleo, economía y calidad de vida. La política territorial continúa teniendo peso, pero ya no posee el monopolio de la movilización electoral.
Bolívar, en consecuencia, envió un mensaje que merece atención. Mientras gran parte del país giró hacia una alternativa distinta, el departamento decidió mantener su respaldo a una visión política que muchos daban por debilitada. Esa decisión convierte al territorio en una pieza estratégica dentro del ajedrez de la segunda vuelta y obliga a los finalistas a mirar hacia el Caribe con mayor atención.
Porque más allá de quién gane la Presidencia el próximo 21 de junio, estas elecciones dejaron una certeza: Cartagena y Bolívar no siguieron la corriente nacional. Optaron por marcar su propio rumbo político. Y en una elección definida por márgenes estrechos, esa diferencia podría terminar teniendo un peso mucho mayor del que hoy muchos imaginan.



