En Sincelejo un delincuente amenazó a un joven con dispararle para quitarle su celular y su billetera. Horas después devolvió los documentos acompañados de una nota escrita a mano: «La cuestión es de hambre». El caso reabre el debate sobre la creciente normalización de la delincuencia y la sensación de impunidad en la capital de Sucre.
Hay historias que retratan mejor que cualquier estadística la realidad de una ciudad. Esta es una de ellas. El pasado 30 de mayo, mi familia vivió una experiencia que jamás imaginé contar desde la condición de víctima. Durante años he escrito sobre seguridad, he defendido el trabajo de nuestras Fuerzas Militares y de Policía, he analizado fenómenos criminales y he ejercido como abogado penalista. Sin embargo, aquella tarde la delincuencia dejó de ser un tema de estudio para convertirse en una experiencia personal.
Luego de asistir a un compromiso familiar, mi hijo descendió del vehículo a escasa cuadra y media de nuestra residencia para dirigirse a la casa de una familiar. Minutos después, cuando nosotros ya estábamos en casa, fue interceptado por un delincuente que lo amenazó con dispararle si no entregaba sus pertenencias. La escena fue tan rápida como aterradora.
«Me acaban de robar. Me amenazaron. Se llevaron mi billetera y mi celular», fueron las palabras con las que llegó a nuestra casa, visiblemente afectado. La tranquilidad desapareció de inmediato.
Tras reportar el caso, funcionarios de la SIJIN acudieron rápidamente al lugar, revisaron cámaras privadas de seguridad y realizaron las labores investigativas correspondientes. Mi reconocimiento para ellos. Esta historia no es una crítica a la Policía Nacional. Es una reflexión sobre algo mucho más profundo: la creciente normalización de la delincuencia.
Las cámaras registraron la acción. Un hombre a bordo de una motocicleta Motocicleta marca Bajaj de color negra llegó con absoluta tranquilidad, saludó a su víctima y segundos después lanzó la amenaza que cambiaría la noche de una familia.

«Entrégame todo o te pego un pepazo». ¿Qué podía hacer un joven frente a una amenaza de muerte? Entregó la billetera. Entregó el celular. Entregó todo. Pero lo más sorprendente estaba por ocurrir.
A la mañana siguiente encontré una bolsa abandonada frente a mi casa. En su interior estaban los documentos robados y una nota escrita a mano. «Perdón. La cuestión es de hambre. Ahí están los documentos porque sé que son necesarios».
Confieso que, al leerla, pensé que estaba frente a una escena absurda, casi surrealista. Un delincuente que roba, amenaza y luego pide disculpas. El «ratero honrado».
Pero detrás de esa aparente contradicción surge una pregunta mucho más inquietante: ¿Estamos comenzando a justificar la delincuencia? Porque el hambre puede ser una tragedia social, pero no puede convertirse en una licencia para delinquir.
Miles de colombianos enfrentan dificultades económicas todos los días sin recurrir al crimen. Venden productos en las calles, realizan trabajos informales, emprenden pequeños negocios o simplemente luchan por salir adelante de manera digna.
La pobreza no convierte automáticamente a una persona en delincuente. Lo hacen las decisiones equivocadas, la cultura de la ilegalidad y la percepción cada vez más extendida de que delinquir tiene pocas consecuencias.
Lo preocupante es que el daño no termina cuando aparecen los documentos. Mi hijo aún recuerda aquella amenaza. Mi esposa todavía siente temor al escuchar una motocicleta detenerse frente a la casa. Los vecinos continúan hablando del caso. El miedo permanece mucho después de que el delincuente desaparece.
Y como si fuera poco, esa misma noche las cámaras registraron nuevamente la presencia del individuo en el sector. Según los videos observados, regresó acompañado de una mujer y de un menor de edad. Volvió al mismo lugar donde había cometido el delito. Sin afán. Sin temor. Sin esconderse. Como si estuviera convencido de que nada iba a pasar.
Ese hecho resume uno de los problemas más graves que enfrenta hoy nuestra sociedad: la percepción de impunidad. Porque cuando un delincuente regresa al escenario del crimen pocas horas después de haber cometido un robo, el mensaje es claro: siente que el riesgo de ser capturado es mínimo.
Mientras tanto, las autoridades hablan de indicadores y estadísticas. Sincelejo suele aparecer en algunos reportes como una ciudad relativamente segura. Pero quienes recorremos sus barrios, escuchamos a la comunidad y conocemos la realidad de las calles sabemos que existe una distancia cada vez mayor entre las cifras y la percepción ciudadana.
La seguridad no puede medirse únicamente por el número de delitos registrados. También debe medirse por la tranquilidad con la que una persona puede caminar hacia su casa. Por la confianza de una madre al ver llegar a sus hijos. Por la certeza de que un delincuente no se sentirá dueño de una calle.
Quisiera encontrar a ese hombre. No para vengarme. No para agredirlo. Tal vez incluso para ayudarlo si realmente enfrenta una situación de necesidad. Pero antes quisiera hacerle una sola pregunta: ¿Valió la pena sembrar miedo en una familia para quedarse con un teléfono celular y algo de dinero? Porque el celular desapareció. El efectivo desapareció. Pero el miedo se quedó. Y quizás eso sea lo más grave. La nota decía: «La cuestión es de hambre».

¿Puede el hambre convertirse en una justificación para delinquir? La respuesta es categóricamente no.
La pobreza, la necesidad y las dificultades económicas son realidades dolorosas que afectan a millones de colombianos, pero no pueden convertirse en una patente de corso para vulnerar los derechos de los demás. Todos los días vemos hombres y mujeres que, pese a las adversidades, salen a las calles a vender dulces, ofrecer servicios, cargar mercancías, limpiar vidrios o emprender cualquier actividad honesta para llevar sustento a sus hogares. La inmensa mayoría de quienes padecen necesidades escogen el camino de la dignidad y el esfuerzo.
El hambre no convierte a una persona en delincuente. Lo que conduce al delito son las malas decisiones, la pérdida de referentes éticos, la normalización de la ilegalidad y, en muchos casos, la peligrosa percepción de que delinquir tiene más beneficios que consecuencias.
Desde el punto de vista jurídico, la situación tampoco admite ambigüedades. La legislación penal colombiana es clara: el hurto está tipificado como delito en el artículo 239 del Código Penal. Ninguna disposición establece que la necesidad económica elimine la responsabilidad de quien decide apropiarse de lo ajeno mediante la intimidación o la violencia. Cuando alguien roba no solo afecta el patrimonio económico de una persona; también lesiona bienes igualmente valiosos como la tranquilidad, la libertad, la confianza ciudadana y la seguridad colectiva.
Por eso resulta preocupante que algunos intenten romantizar o justificar conductas criminales bajo el argumento de la necesidad. Comprender una realidad social no significa legitimar el delito. Una sociedad que comienza a justificar al delincuente corre el riesgo de terminar abandonando a las víctimas.
Lo que no decía era quién responde por la tranquilidad que también fue robada aquella noche. Y lo más triste es que, hasta hoy, todo parece indicar que no ha pasado nada. Como si nada hubiera pasado.



