Mucho antes de que el vallenato conquistara escenarios y festivales, la luna ya recorría los caminos polvorientos de la provincia junto a los juglares. Bajo su claridad nacieron versos, se enamoraron los acordeones y comenzó a escribirse, sin tinta y sin papel, una de las historias más hermosas del Caribe colombiano.
Los abuelos decían que la luna no es un astro, sino una vieja parrandera que jamás quiso abandonar a los juglares. Cuentan que, cuando el último candil se apagaba y los perros dejaban de ladrar, ella descendía un poco sobre las sabanas para alumbrar los caminos de herradura por donde transitaban aquellos hombres de sombrero alón, mochila terciada, abarcas tres puntá y el acordeón apretado contra el pecho como quien carga un hijo dormido.
Nunca pidió aplausos ni apareció en los créditos de ninguna canción. Le bastó caminar, noche tras noche, detrás de los burritos que atravesaban montes, playones y ciénagas del viejo Magdalena Grande, acompañando a esos andariegos que cambiaban noticias por melodías y convertían las penas de un pueblo en versos capaces de sobrevivir al tiempo.
En aquella época no existían carreteras asfaltadas ni puentes de concreto. Los caminos eran simples cicatrices abiertas sobre la tierra caliente. El viaje comenzaba cuando el sol se escondía detrás de los trupillos y terminaba al amanecer, frente a un rancho donde el café recién colado anunciaba hospitalidad y una hamaca esperaba al caminante.
Dicen que Francisco el Hombre fue el primero en enseñarle a la luna el camino de los juglares. Después llegaron Juancho Polo Valencia, Alejandro Durán, Abel Antonio Villa, Luis Enrique Martínez, Emiliano Zuleta Baquero y tantos otros que hicieron del polvo su escenario y del horizonte su única frontera. Mientras el burrito marcaba el paso con paciencia de santo, el acordeón iba rompiendo el silencio de la noche, y la luna parecía detenerse sobre cada loma para no perderse ninguna melodía.
Los viejos cuentan —y en los pueblos las historias viejas siempre tienen algo de verdad— que muchas canciones nacieron antes de llegar al destino. Bastaba que el viento sacudiera una mata de trupillo, que un sapo cantara desde el borde de un jagüey, que un gallo confundiera la madrugada o que un arroyo murmurara entre las piedras para que un verso comenzara a caminar dentro del pecho del juglar.
Entonces detenía el burrito, se bajaba despacio, acomodaba el acordeón sobre las piernas y dejaba que la noche terminara de escribir lo que él apenas empezaba a tocar. Nadie llevaba papel. La memoria era suficiente. El camino se encargaba de guardar las palabras hasta que llegaban a la siguiente parranda.
La luna presenció serenatas que jamás terminaron en matrimonio, despedidas sin lágrimas, promesas que el tiempo incumplió y amores que solo sobrevivieron dentro de un paseo vallenato. Escuchó carcajadas alrededor de una botella de ron y también silencios tan profundos que únicamente el chirriar de los grillos se atrevía a romper, por eso terminó convirtiéndose en un personaje del vallenato, no era un paisaje, era una presencia, una vieja amiga que sabía escuchar.
Si hubo un hombre que habló con ella sin haberla visto nunca fue Leandro Díaz. El poeta de Hatonuevo la contempló con los ojos del alma y la describió con una precisión que todavía desconcierta. Mientras otros necesitaban levantar la mirada para encontrarla, Leandro simplemente cerraba los ojos y allí estaba, suspendida en el universo infinito de su imaginación. Desde entonces quedó demostrado que la belleza no entra únicamente por la vista; también llega por la memoria, por el corazón y por ese misterio que solo conocen los verdaderos poetas.
También Juancho Polo Valencia aprendió a conversar con la noche. Más de una vez atravesó sabanas interminables montado en su burrito, con el acordeón terciado al hombro y una botella compartiendo el viaje. Decían quienes lo conocieron que, cuando la luna aparecía completamente redonda, Juancho dejaba de silbar porque sabía que era el turno del silencio. En esos momentos —aseguraban los campesinos— hasta los árboles parecían acercarse para escuchar cómo nacía una canción.
Porque en los pueblos siempre se creyó que las composiciones no pertenecían del todo a los hombres, las regalaba la noche, las bendecía la luna y el juglar apenas tenía la tarea de recogerlas.
Con el tiempo otros compositores siguieron encontrándose con aquella eterna compañera. Roberto Calderón la convirtió en orgullo de un pueblo con Luna Sanjuanera. Efraín «El Mono» Quintero volvió a enamorarse de ella en Luna Morena. Octavio Daza Daza, en la inmortal Sanandresana, dejó de verla como un simple astro para tratarla como una confidente, preguntándole por la mujer que amaba, como si la luna conociera el paradero de todos los enamorados del mundo y quizá sí lo sabía.
Porque después vendrían Gustavo Gutiérrez Cabello, Hernando Marín, Luis Egurrola, Rosendo Romero, Romualdo Brito, Marciano Martínez y tantos otros compositores que descubrieron que las noches del Caribe tenían un idioma propio. Un idioma hecho de luciérnagas, de grillos, de olor a tierra húmeda después del sereno, del lejano mugido del ganado y del acordeón respirando bajo un cielo lleno de estrellas.
No existe otro elemento de la naturaleza que haya sido tan fiel al vallenato como la luna. Los compositores le cantaron a los ríos, a los árboles, al río Cesar, al Magdalena, al viento, a las sabanas, a los pueblos y a las mujeres más hermosas. Pero la luna estuvo allí antes que todas las canciones. Escuchó primero los versos, conoció secretos que jamás fueron escritos y acompañó a los hombres cuando todavía nadie imaginaba que aquel folclor campesino llegaría a convertirse en patrimonio del mundo.
Quizá por eso, cuando un acordeón rompe el silencio en cualquier rincón del Caribe, todavía parece que la luna se queda quieta sobre los tejados para escuchar, como si recordara aquellos tiempos en que viajaba lentamente detrás de un burrito, como si aún esperara encontrarse, en la próxima curva del camino, con un viejo juglar dispuesto a convertir la vida en canción e inmortalizar muchas de las páginas más bellas de la historia del vallenato.



