Durante décadas, la educación sexual en Colombia se ha construido desde un enfoque patologizante y restrictivo: una mirada centrada casi exclusivamente en el riesgo, el embarazo, la enfermedad y el miedo, dejando de lado aspectos fundamentales como el placer, el bienestar y el desarrollo afectivo.
Quienes hoy somos adultos crecimos rodeados de tabúes, restricciones y silencios. La mayoría fuimos educados desde las creencias personales o religiosas de nuestros cuidadores, aprendiendo a tientas, mediante el ensayo y el error, y bajo la premisa de que “de eso no se habla”.
Hoy, al asumir el rol de criar y educar, nos enfrentamos al desafío de abordar estos temas con los adolescentes. Sin embargo, al sentir incomodidad, muchas veces optamos por evitar el tema, guardar silencio o delegar esta responsabilidad en terceros. El problema de esta evasión es que deja a las y los jóvenes a la intemperie, a merced de la desinformación que encuentran entre sus pares, en internet o en fuentes poco confiables, perpetuando así el mismo modelo evasivo con el que fuimos formados.
Solo para dar un ejemplo: ¿cuántas veces hemos sido ese adulto que se limita a decir: “Si lo vas a hacer, ponte condón”?Pero¿cuántas veces nos hemos detenido a explicarles cómo se usa correctamente, a derribar sus mitos o a escuchar sus dudas sin juzgar?
A la larga, nuestros cuidadores hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían, y nosotros, como padres, estamos haciendo lo mismo. No se trata de señalar ni de generar culpa, sino de construir conciencia y hacernos cargo. Los adolescentes de hoy ya crecieron; sienten curiosidad, tienen dudas, necesidades y un deseo natural de explorar el mundo y su propia sexualidad. La pregunta clave es: ¿qué estamos haciendo para marcar la diferencia y brindarles la información clara y oportuna que a nosotros nos faltó?
Los tiempos y las tecnologías cambian, pero las necesidades humanas profundas siguen siendo las mismas. En la adolescencia se experimentan transformaciones físicas, emocionales y relacionales complejas que requieren presencia, acompañamiento e información veraz por parte de sus referentes principales. Como seres sociales, seguimos necesitando vínculos seguros, aceptación y validación. Los jóvenes requieren espacios protegidos para explorar su mundo interior y exterior, donde el aprendizaje no dependa del riesgo derivado de la desinformación.
Como madres, padres, cuidadores y sociedad en general, tenemos el compromiso de transformar estos entornos en espacios de empatía, seguridad y educación integral. La invitación es a no seguir siendo parte de esa mayoría que prefiere callar o evadir. Tomemos acciones claras y oportunas para dotar a la adolescencia de hoy de mejores herramientas para su vida presente y futura.

