El personaje de televisión, que desde niño soñó con la fama y los reflectores, hoy parece estar en otra búsqueda: trabajar menos, disfrutar más de su familia y enamorarse de aquellas cosas que no se pueden facturar.
Hay momentos en la vida en los que alcanzar lo que alguna vez parecía imposible deja de ser suficiente. Los aplausos pierden intensidad, las obligaciones comienzan a pesar y aquello que durante años ocupó el primer lugar en la agenda empieza a disputarle espacio a otras cosas más sencillas, pero quizá más importantes. Es entonces cuando uno se pregunta si ha vivido tanto como ha trabajado.
Esa parece ser una de las reflexiones que hoy acompañan a Aco Pérez, el hombre que durante buena parte de su existencia persiguió el sueño de convertirse en actor, conquistar los escenarios y hacerse un lugar en el mundo del entretenimiento. Después de recorrer ese camino, conocer la televisión y construir una identidad pública, ahora confiesa que quiere algo distinto: bajarle el ritmo a la vida.
Su nombre de nacimiento es Heráldico Pérez Villamizar, una denominación que quedó inmortalizada en una de las canciones navideñas del Binomio de Oro. En Navidad, la agrupación vallenata dejó grabada aquella frase: «Un feliz año para el niño Heráldico Pérez, allá en Valledupar…».
Pero hay una curiosidad detrás de esa referencia musical: al propio Heráldico nunca le ha gustado demasiado su nombre. Desde pequeño prefirió identificarse como Aco, una elección que terminó convirtiéndose en su sello personal y en el nombre con el que hoy lo reconocen quienes siguen su carrera.
Desde niño imaginó una vida entre cámaras, personajes y reflectores. Quería ser actor y alcanzar la fama. No se trataba simplemente de aparecer en televisión, sino de cumplir una aspiración que lo acompañó durante años. Con el tiempo llegaron las oportunidades y participaciones en producciones como La Playita, Diomedes, el Cacique de La Junta y MasterChef Celebrity, entre otros espacios que contribuyeron a darle visibilidad ante el público.
Sin embargo, la vida tiene una manera particular de cambiar las preguntas. Cuando se ha pasado buena parte del tiempo intentando llegar más lejos, comienza a aparecer otra inquietud: ¿qué tanto de la vida personal se ha quedado esperando mientras se cumplen las obligaciones profesionales?
Hay una comparación que utiliza para explicar su relación actual con el trabajo: siente que está atravesando una especie de divorcio con su profesión. Una metáfora que no necesariamente anuncia una despedida definitiva, pero sí deja ver el cansancio de una relación a la que durante años le entregó buena parte de su tiempo y energía. «Quiero trabajar menos, disfrutar más de mi familia y enamorarme de cosas que no se puedan facturar», expresa.
La frase tiene algo de confesión y mucho de declaración de principios. Porque después de perseguir oportunidades, cumplir compromisos y construir una trayectoria, parece haber descubierto que no todo lo valioso puede convertirse en un ingreso, un contrato o una conquista profesional.
En esa nueva escala de prioridades aparecen la familia, los hijos, la tranquilidad de su casa y la posibilidad de disponer de tiempo sin sentir que cada minuto debe producir algo. Su reflexión más contundente quizá sea esta: «Menos cosas que demostrar y más vida que vivir». No es la frase de alguien que necesariamente renuncia a sus aspiraciones. Es la expresión de un hombre que comienza a revisar el precio de perseguirlas sin detenerse demasiado a disfrutar lo conseguido.
Lejos de las cámaras también existe un Aco que encuentra placer en actividades sencillas. Los libros, los documentales, el cine español y las series de crímenes hacen parte de sus espacios personales. Le gusta la tranquilidad de su casa y, cuando aparece la melancolía, suele encontrar compañía en las canciones de Joaquín Sabina, preferiblemente con una copa de vino.
No parece tener demasiada paciencia para las conversaciones vacías, los egos desbordados ni las apariencias. Le atraen la inteligencia, la admiración mutua, la elegancia sin arrogancia y las buenas maneras. Prefiere una conversación que deje algo a una reunión llena de ruido.
Pero detrás de esa personalidad también reconoce contradicciones. No siempre se encuentra donde quisiera estar ni necesariamente comparte su tiempo con todas las personas con quienes desearía hacerlo. Tampoco cree que la felicidad sea un estado permanente, incluso cuando desde afuera las circunstancias puedan sugerir que alguien tiene todo para sentirse realizado.
En esa distancia entre lo que se muestra y lo que se vive aparece otra de sus reflexiones: tener algunas de las cosas que muchos desean no significa tener la vida resuelta. Es una manera de reconocer que el éxito visible no necesariamente resuelve las inquietudes privadas. Que se puede tener reconocimiento y, al mismo tiempo, experimentar insatisfacciones que no aparecen en las fotografías ni en las publicaciones de redes sociales.
La historia de este hombre nacido en Valledupar también está marcada por la experiencia de emigrar desde muy joven. Aquella decisión lo llevó a conocer otros escenarios y a convertirse en un hombre de mundo, aunque también le dejó una sensación particular: pertenecer un poco a muchos lugares y sentirse, al mismo tiempo, extranjero en todas partes.
En sus propias reflexiones habla de una mente que suele anticipar situaciones difíciles y de episodios de ansiedad que forman parte de sus preocupaciones cotidianas. Una confesión que pone sobre la mesa una realidad que muchas veces permanece oculta detrás de las vidas aparentemente exitosas: el reconocimiento y las conquistas materiales no garantizan por sí solos la tranquilidad interior.
Quizá por eso, cuando piensa en el futuro, hay un lugar que aparece reiteradamente en su imaginación: Palomino. Cada visita a ese destino parece alimentar la posibilidad de una vida diferente. Una casa cerca del mar, una maleta más liviana, menos formalidades y más tiempo para acompañar la crianza de sus hijos, con amor y libertad. Una imagen que contrasta con el ritmo de la industria del entretenimiento, donde las agendas, los compromisos y la necesidad de mantenerse vigente suelen marcar el paso.
Pero Aco tampoco intenta presentarse como un hombre que ha resuelto todas sus contradicciones. Mientras habla de desprenderse de ciertos adornos sociales y de vivir con mayor sencillez, admite que disfruta adquirir propiedades en lugares exclusivos. No esconde esa dualidad. Al contrario, la reconoce como parte de esa condición humana en la que los deseos no siempre marchan en la misma dirección.
El mundo de Aco: otra manera de encontrarse con la gente
Su inquietud creativa, entretanto, sigue encontrando caminos. Actualmente produce y conduce El Mundo de Aco, un espacio de entrevistas y entretenimiento digital que se transmite por YouTube. El programa tiene dos escenarios. Uno es el estudio, donde conversa con artistas, músicos, deportistas, personalidades y figuras públicas para conocer sus historias, trayectorias y experiencias más personales. El otro es el automóvil, convertido en un escenario de encuentros espontáneos, preguntas inesperadas, humor y conversaciones sin tantas formalidades.
En este formato, Aco parece encontrar una manera distinta de ejercer su oficio: ya no solamente desde la interpretación de personajes, sino desde la curiosidad por las historias de los demás.
Es otra faceta de un hombre que ha transitado por diferentes espacios del entretenimiento y que todavía tiene cosas por contar y descubrir, sin embargo, su discurso actual deja claro que no quiere medir el valor de su existencia únicamente por los proyectos que consigue, los escenarios que visita o los reconocimientos que recibe.
Tal vez lo más interesante de las reflexiones de Aco Pérez no sea su deseo de trabajar menos, sino lo que hay detrás de esa decisión. Después de tantos años intentando alcanzar el sueño que tuvo desde niño, comienza a valorar otras conquistas: compartir con sus hijos, disfrutar de su casa, viajar sin tantas obligaciones, leer, escuchar música y encontrar placer en actividades que no tienen que justificar su existencia a través del dinero.
No está renegando de su pasado ni desconociendo lo que le ha permitido construir su profesión. Está mirando hacia adelante con una pregunta diferente: ¿de qué sirve llegar tan lejos si no queda tiempo para disfrutar el camino?
En una sociedad que suele medir el éxito por la cantidad de proyectos, ingresos, seguidores y reconocimientos, su reflexión introduce una pausa necesaria. No todo tiene que convertirse en negocio. No todas las horas deben estar ocupadas. No todas las conquistas necesitan testigos.
Aco Pérez quiere bajarle el ritmo a la vida. Quizá quiera cambiar los reflectores por la luz de una tarde frente al mar, las agendas apretadas por conversaciones sin afán y las obligaciones por momentos que no aparezcan en ninguna factura.
Después de tantos años intentando llegar a más lugares, tal vez su mayor aspiración sea aprender a quedarse, disfrutar y estar presente. Porque, al final, hay una conquista que no se mide en aplausos, contratos ni propiedades: tener tiempo para vivir la propia vida y Aco parece haber encontrado una frase para recordárselo: menos cosas que demostrar y más vida que vivir.



