La más reciente encuesta de Invamer, publicada este 30 de abril, expone con crudeza una tendencia que inquieta al poder local: el alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, sufre un desplome sostenido en su imagen favorable, que cayó 11 puntos en apenas dos meses, pasando de un sólido 77% en febrero a un más precario 66% en abril. Más aún, la desaprobación escaló del 21% al 32%, revelando un giro profundo en la percepción ciudadana.
El fenómeno trasciende los vaivenes típicos del desgaste político. Esta caída señala el agotamiento del capital simbólico con el que Turbay llegó al Palacio de la Aduana: su narrativa de gestor eficiente, con experiencia ejecutiva, hoy se ve erosionada por la ausencia de resultados tangibles, una crisis comunicacional crónica y la pérdida de conexión con la ciudadanía.
Turbay, que había tejido su imagen sobre la base del liderazgo visible y la cercanía popular, hoy enfrenta un escenario adverso en el que su estilo —confrontativo, autorreferencial y poco receptivo a la crítica— está pasando factura. No es solo que haya escándalos, sino cómo se enfrentan: con tutelas a periodistas, negativas sistemáticas a derechos de petición y una postura percibida como hostil frente a la veeduría ciudadana y la libertad de prensa.
Este derrumbe en la opinión pública se produce, además, en un contexto de aislamiento institucional. Turbay carece de una coalición sólida en el Concejo Distrital, ha roto puentes con varios sectores sociales que antes lo respaldaban y no tiene hoy una bancada visible que lo defienda públicamente, ni siquiera dentro del propio partido Liberal. En otras palabras, el alcalde se quedó solo frente al creciente control ciudadano.
A esto se suma un entorno urbano cada vez más complejo: los indicadores de inseguridad repuntan, la ejecución presupuestal muestra signos de lentitud y las denuncias por corrupción —algunas ya judicializadas— han erosionado la confianza en la gestión. Cartagena está hoy en un punto de inflexión, y el liderazgo político parece no estar a la altura del desafío.
El desplome de la imagen de Turbay puede ser el primer síntoma del cierre de ciclo de una clase política que ha dominado Cartagena durante décadas. La oposición, hasta ahora fragmentada y sin liderazgo claro, tiene una oportunidad real de reconfigurarse si logra canalizar el descontento ciudadano en una propuesta creíble, técnica y socialmente conectada.
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Los movimientos cívicos, la prensa independiente y las plataformas de control ciudadano han comenzado a ocupar el espacio dejado por la política tradicional. La disputa por la narrativa del poder ya no ocurre solo en las oficinas de gobierno, sino en los barrios, en las redes y en los medios. Y ahí, el alcalde está perdiendo.
Aún es temprano para declarar el naufragio político de Dumek Turbay, pero los síntomas de deterioro ya no pueden ser negados ni maquillados. Si el mandatario quiere evitar un desenlace catastrófico, deberá romper su cerco de soberbia, reestructurar su equipo político, asumir con humildad las críticas y ejecutar de forma urgente obras de impacto que devuelvan confianza a la ciudadanía. El cronómetro ya está corriendo. Y Cartagena comienza a mirar más allá del liderazgo de Turbay.



