El talento y las condiciones futbolísticas de James Rodríguez no tienen discusión. Esas mismas habilidades que le inyectó el creador desde que era un embrión, y que al nacer las perfeccionó con sacrificio y dedicación, lo convirtieron en un ícono del deporte nacional.
Todos pensamos que esos dotes que carga James lo deben llevar a ser el líder de la selección cafetera. Pero no, ese caudillo que meses atrás le dijo a Carlos Queiroz que él no venía a la selección a ser suplente. Que si esa era el caso no contara con él. Si lo que anhelamos es arar el camino hacía el mundial 2022, ese no es el cabecilla requerido en la tricolor.
Quieroz, hizo alusión a que bajo su batuta no habría privilegios para jugador alguno. Y la respuesta del cucuteño Rodríguez en vez de causar aplausos, género un quebranto de los huesos. Un electrizante puño al país que solamente lo conocía como futbolista. Más no cómo persona.
El técnico portugués se arrodilló ante el reproche del jugador. Tanto así que en vuelo Chárter se puso en la capital de España para implorarle al ex-Real Madrid que volviera a la selección. porque sin él, el sistema táctico de los colombianos se derrumbaría con tan solo un soplo.
Ese paso dado por Carlos Queiroz cavó su tumba. Colocó su lápida ante el festejo de un tumulto de aficionados que se alzó en júbilo al saber que el niño mimado volvería. Si apenas llegando como entrenador toleras las pataletas de uno. ¿Qué sucederá con el resto? Ahí estuvo la falla.
Queiroz, debió en su momento ajustar clavijas y enseñar con regla en mano quien de verdad era quien mandaba en cada convocatoria. Y no claudicar ante la amenaza de James. Así el combinado patrio fue un barco con dos timones todo el tiempo.
El jefe que todos deben copiar no es alguien que incite al desacato. A la sublevación. Mucho menos a la desobediencia civil. Más bien, esperamos uno que ize la bandera del respecto, la humildad y la sumisión. ¿Acaso soló el talento alcanza para ser un comandante y jefe?
La naturaleza futbolística de James es exquisita. Se sirve en la mesa y no queda bocado alguno. Pero su liderazgo… ¿Qué sabor tiene?.



