Carlos Holmes Trujillo García era quizá el político con más experiencia que quedaba vigente en las huestes del uribismo. Su recorrido no lo podía igualar ningún miembro del gabinete y posiblemente solo la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez se le acercaba en recorrido en cargos del Estado.
Por algo había sido varias veces precandidato a la presidencia en el uribismo y la verdad es que se metió en el gobierno porque esperaba que sus actuaciones como ministro de Iván Duque le dieran la suficiente fuerza para ser, al borde de los 70 años, el elegido por el Centro Democrático para reemplazarlo. Luego vería como cocinar una alianza más amplia que lo respaldara.
Lamentablemente, el Covid y las comorbilidades se lo impidieron, repitiendo de cierta forma el destino trágico de su padre, Carlos Holmes Trujillo Miranda, quien cuando más poder político acumulaba en el Valle del Cauca murió por causa de un accidente casero. Así lo recordó esta semana su otro hijo, José Renán Trujillo, también con camino andado en las lides políticas.
En ese momento de la muerte de Carlos Holmes padre, ‘Junior’ -como le decían en casa- ya era una figura con peso en su región. En 1988, después de sus primeros pasos en la diplomacia y la actividad gremial, se había convertido en el primer alcalde de Cali elegido por el voto popular.
Esa alcaldía y el deceso del padre lo convirtieron en el heredero del holmismo, que luego lo puso en la constituyente de 1991 y en el Ministerio de Educación de César Gaviria, al que llegó como hombre más cercano al ala de Ernesto Samper. Desde entonces y por esa vocación doble de político y diplomático, siempre tuvo algún cargo de importancia en todos los gobiernos.
Samper, luego lo tuvo como consejero de paz y embajador en la OEA, antes de promoverlo a Ministro del Interior, en reemplazo de Horacio Serpa, su hombre de más confianza. Después, en el gobierno de un archienemigo de Samper, Andrés Pastrana, Trujillo se movió en la diplomacia entre Viena y Moscú. Con Uribe, se mantuvo como embajador en el norte de Europa y logró especial relevancia cuando lo envío de representante ante la Unión Europea en Bruselas, cargo que ocupó hasta bien entrado el gobierno Santos.
Regresó al país para matricularse definitivamente en el Centro Democrático y hacer camino hacia la presidencia bajo la sombra de Álvaro Uribe. Fue un hombre fiel al ex presidente, defendió sus ideas, pero no casó peleas personales con sus antiguos jefes, sobre todo con Santos. Pudo lanzar críticas al proceso de paz y al manejo de los narco cultivos, pero no era tipo cerrado al diálogo político ni a los acuerdos, lo que habla bien de su formación diplomática.
El 2014 buscó la candidatura pero terminó como fórmula del elegido de Uribe, Óscar Iván Zuluaga. Quemado Zuluaga en el fuego de los escándalos del ‘hacker’ y de Odebrecht, lo lógico habría sido darle una chance a Trujillo. No obstante, el ex presidente optó por alguien de menos experiencia pero más cercano a sus afectos: Duque.
‘Junior’ no perdió la esperanza a pesar del cambio generacional que marcaba el nuevo mandatario y aceptó el cargo en su gobierno que mejor le quedaba: canciller. Sin embargo, sabía que desde allí casi nadie se proyecta para ser presidente de la república. Si hubiera logrado sacar del poder a Nicolás Maduro con el cerco diplomático que le armó y el respaldo decidido a Juan Guaidó, tal vez sí, pero ese plan pronto dio visos de fracaso y eso no ha cambiado hasta hoy. Así que visto eso, aprovechó la crisis de la moción de censura del ministro Guillermo Botero en Defensa y pidió esa cartera.
Trujillo, según personas muy cercanas a él, creía que desde allí -con golpes al Eln, a las antiguas Farc y a las bandas criminales- se podía catapultar como lo hizo Juan Manuel Santos en el gobierno de Uribe con la operación Jaque y demás. Y tuvo algunos logros, no solo en ese propósito sino con la reducción de los narco cultivos y de la criminalidad que afecta al colombiano de a pie, pero no también tuvo que lidiar con algunas malas actuaciones de policías y militares, y no alcanzó la resonancia que en su momento tuvo Santos.
Cuando lo atacó el Covid, el tiempo de Trujillo para permanecer en el gobierno se estaba acabando y, pese a que no había logrado los réditos de imagen esperados, ya estaba pensando en preparar la campaña por la candidatura dentro de su partido como la carta de la experiencia.
Y, en verdad, Trujillo no era una mala opción entre tantas alternativas tanto o más biches que Duque en su momento, y entre tantos nombres quemados por el sol uribista en diversas batallas. Posiblemente, por su edad y por el recorrido de hombre importante en varios gobiernos y con cuatro ministerios en la hoja de vida, hubiera sido un candidato realmente con voz propia -como lo fue Santos- y hubiera servido de puente con otras fuerzas con las cuales el uribismo comparte ideas aunque no afectos, algo clave en la actual coyuntura del país, que requiere de un acuerdo de amplio espectro para evitar caer en el 2022 en aventuras extremistas.





