En el siglo XVIII los protestantes cristianos de habla inglesa dieron vida por primera vez a la palabra leyenda, para contar historias de los santos católicos. Lo lograban mediante un lenguaje expresivo y movimientos corporales exagerados que daban vida a las narraciones.
Antes de la aparición de la radio y la televisión, los narradores adultos, considerados sabios, resguardaban sus tradiciones recreando anécdotas, que trasmitían a niños y mayores. Hechos que no pueden ser corroborados por la ciencia o la historia, pero que se grababan en la mente de los pueblos.
Tras el invento de la imprenta, los recopiladores, encargados de coleccionarlas y escribirlas, se dieron a la tarea de resguardar dichas narraciones populares, evitando así, que sufrieran modificaciones generacionales.
Un buen ejemplo de ellas son las leyendas de terror tan populares como la del Silbón, un espectro del folklore venezolano y los llanos orientales colombianos:
A mediados del siglo XIX, un joven consentido pide a su madre carne de ciervo para la cena. Ella, le obliga a ir con su padre a cazar uno, pero fue imposible, los ciervos habían desaparecido.
Enfurecido, el hijo asesinó al padre. Tras este repugnante hecho, su abuelo ató al joven a un poste en medio del campo, le destruyó la espalda a latigazos, lavó sus heridas con aguardiente, lo liberó y maldijo, condenándolo a vagar cargando sobre sus hombros por toda la eternidad los huesos del fallecido, junto a dos perros hambrientos y rabiosos: el llamado perro del Diablo.
El Silbón, es distinguido por su silbido semejante a las notas de la escala musical, subiendo el tono hasta fa y bajando hasta si.
Si su silbido se escucha lejos (comentan), significa que está cerca. Lo único que puede salvar a la persona, es el ladrido de un perro, que junto al ají, son las dos cosas que le aterran. Dicho silbido es presagio de la propia muerte. Si se escucha cerca, no hay peligro.
Habitantes de Los Llanos cuentan haberlo visto en épocas en que la sabana venezolana arde bajo el rigor de la sequía, sentado en los troncos de los árboles jugando con el polvo. En tiempos de humedad y lluvia, el espectro vaga famélico de muerte y ávido por escarmentar a borrachos, mujeriegos y víctimas inocentes.
Tiene por costumbre succionar el ombligo de los borrachos que vagan solos por el llano, para beber del aguardiente que ingirieron. Detesta a los mujeriegos y los destroza, quitándole los huesos que guarda en el saco junto a los que ha ido acumulando.
Su tétrica figura, es la de un gigante de seis metros que adorna su cabeza con un viejo sombrero negro y camina entre las copas de los árboles mientras emite su escalofriante señal. Los huesos de su padre y el de sus múltiples víctimas, crujen dentro de su harapiento y viejo saco, mientras va marcando sus pasos.
No es raro verlo aparecer en algún sitio y a cualquier hora. Muchas noches, vuelve a la que fue su casa y sentado donde le apetezca, contar y recontar los huesos hasta el amanecer, en que emprende de nuevo su camino.
Si dos o más personas lo escuchan, no pasará nada, pero si solo una persona por desgracia lo hace, será inevitable su fallecimiento.

