Cuaresma, tiempo de transfiguración. Siempre que nos preparamos para realizar un viaje, preparamos una maleta. Si el pasaje que escogemos es de los más baratos, nos toca un bolso donde llevaremos lo único e indispensable. La cuaresma es un hermoso viaje de transfiguración espiritual. ¿Quién no necesita de vez en cuando dejarlo todo y buscar otro espacio para recargar baterías o entonces para quitarse el estrés y descansar de los afanes de todos los días?
La cuaresma, en toda su dinámica y pedagogía espiritual, nos invita, precisamente, a recargar las baterías, a una renovación interior, a una conversión del alma y del corazón que nos permite transfigurarnos en Cristo y celebrar con alegría el Triduo Pascual. Es la invitación de Cristo que nos dice: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” (Mateo 11, 28-30).
Ese viaje espiritual se inicia el miércoles de cenizas y el evangelio del día nos propuso tres elementos indispensables para colocar en nuestra maleta cuaresmal:
La Caridad (Limosna). Compartir materialmente con los que necesitan, cuando nos nace del corazón, se multiplica en bendiciones; “hay más alegría en dar que en recibir” (Hechos 20,35).
Pero creo que hay un diezmo, que en estos tiempos post-moderno, necesitamos regalar como gesto de inmensa ternura y amor. Necesitamos regalar TIEMPO: tiempo para escuchar a nuestros hijos, tiempo para hablar con nuestros padres, tiempo para compartir con la familia, tiempo para atender el que desea desahogarse, tiempo para visitar al familiar, amigo o vecino enfermo, tiempo para atender las necesidades de los que nos extienden la mano pidiendo ayuda y tiempo para Dios. Dar nuestro tiempo hoy es sin dudas uno de los mejores regalos que podemos dar a Dios y a los demás.
El otro elemento indispensable que debemos colocar en nuestra maleta cuaresmal es La Oración. El evangelio nos dice cómo y donde debemos hacerlo: en silencio y en la intimidad de nuestro corazón. Si la oración es un dialogo de amor no podemos escuchar en medio del ruido. Además del silencio exterior, necesitamos silenciar nuestros odios, resentimientos, rencores, soberbia, angustias y preocupaciones. En ese dialogo de amor Dios quiere hablarnos y necesitamos ese silencio interior que nos permite escucharlo y así cumplir su voluntad.
Finalmente el tercer elemento que demos colocar en nuestra maleta es El Ayuno. Citando el texto de Isaías tomamos conocimiento del ayuno que agrada a Dios: “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos” (Isaías 58, 1-9).
Es un ayuno que nos ayuda a cumplir con las obras de misericordia que deben estar enraizadas en primer lugar en nuestra propia familia. Más que privarse de un alimento deberíamos privarnos del chisme, de los juicios temerarios, de la mentira, de la hipocresía, y de todos esos sentimientos tóxicos que nos alejan de Dios.
Con estas herramientas espirituales podremos emprender un viaje de transfiguración y transformación de la vida. Finalizando la Cuaresma no podemos estar igual que antes. Aquél que hace la verdadera experiencia de la conversión en el abrazo misericordioso de Dios, solo podrá corresponder con una vida renovada en Cristo y ser misericordioso con los demás. Feliz y bendecida Cuaresma.



