Cuando un exguerrillero olvida que ahora es el presidente de todos los colombianos, el país se sacude no por un desastre natural, sino por un temblor moral. Así ocurrió con Gustavo Petro, quien al referirse a la toma del Palacio de Justicia de 1985 como una “genialidad”, pronunció una palabra que ofendió la memoria nacional.
No fue un lapsus ni una simple torpeza verbal: fue una afrenta a la historia y a las víctimas. Llamar “genial” a un acto terrorista que dejó más de cien muertos —entre magistrados, funcionarios, militares y civiles inocentes— es trastocar los valores de una nación herida. La tragedia no puede convertirse en mérito ni el crimen en estrategia.
Cuando Petro exaltó al M-19 por “poner en jaque al poder establecido”, no solo blanqueó un hecho sangriento, sino que le otorgó un aura de hazaña. Ese discurso, revestido de romanticismo revolucionario, reabre heridas que Colombia aún no ha logrado cerrar.
La narrativa presidencial confunde heroísmo con horror, y eso resulta devastador en un país que todavía busca sanar. No se trata de censura, sino de responsabilidad histórica. Un jefe de Estado no puede glorificar el dolor.
La Corte Suprema de Justicia, víctima directa de aquel episodio, respondió con altura y coherencia: vetó la presencia de Petro en los actos conmemorativos del Palacio. No fue un acto de soberbia, sino de respeto a la memoria. Ese gesto reafirma una lección que el mandatario parece no entender: la memoria no se exalta con discursos, se honra con respeto.
Cuando un presidente minimiza el sufrimiento de las víctimas, erosiona la confianza institucional y pone en riesgo el pacto simbólico de la nación.
- El poder y el peligro del lenguaje presidencial
Cada palabra que sale de la Casa de Nariño tiene peso. En boca de un presidente, el lenguaje no solo comunica: construye o destruye memoria. Petro, al asociar la palabra “genialidad” con la tragedia del Palacio de Justicia, envía un mensaje devastador: que el cálculo político puede valer más que la compasión humana. El lenguaje del poder, cuando se usa sin empatía, se convierte en una nueva forma de violencia simbólica.
- Del delirio a la negación
El presidente parece prisionero de un delirio histórico: intenta transformar la subversión en heroicidad. Pero en ese intento, ignora a las familias que aún buscan a sus desaparecidos y lloran en silencio. Para ellas, la toma del Palacio no fue una jugada maestra, sino una herida que cuatro décadas después sigue abierta. Confundir “genialidad” con “atrocidad” es, en sí mismo, una atrocidad moral.
- El país que exige respeto
Colombia no necesita un presidente que reivindique epopeyas guerrilleras. Necesita un líder que reconozca el dolor causado por la violencia, sin importar su origen. El país real —el de las víctimas, los huérfanos y los sobrevivientes— espera empatía, no glorificación.
La verdadera genialidad de un líder no está en justificar su pasado, sino en tener el valor de reconocer sus sombras. Petro aún puede rectificar: puede elegir entre seguir distorsionando la memoria o convertirse en un constructor de verdad y reconciliación.
Colombia no necesita otra “genialidad” política. Necesita sensatez, humildad y respeto por quienes lo perdieron todo en nombre de una revolución que solo dejó dolor. La historia no se reescribe con discursos, sino con memoria y la memoria de un país no pertenece al poder, sino al pueblo que aún recuerda.

