El municipio revive su memoria colectiva en su aniversario, recordando a los fundadores, sus raíces campesinas y el espíritu que lo ha mantenido en pie.

La Unión, en el departamento de Sucre, amanece con un brillo distinto. No porque el sol cambie —el mismo que ilumina desde hace décadas la sabana cálida— sino porque el pueblo despierta consciente de su propia historia. Este 4 de diciembre, cuando cumple 57 años de vida municipal, cada casa, cada calle y cada rostro recuerdan que La Unión nació de la voluntad de su gente: de caminos que se unieron, de caseríos que se abrazaron y de sueños que se hicieron territorio.
La historia de La Unión no comenzó en un escritorio ni por un decreto aislado. Su origen se remonta a los antiguos poblados de La Loma y Los Cayos, donde agricultores y ganaderos forjaron comunidad desde mediados del siglo XX.
La constitución del municipio en 1968 fue resultado del liderazgo local y del deseo colectivo de tener identidad propia. Nombres como Laureano Perdomo, Antonio Carlos Contreras, Gustavo Burgos, Eduardo Galindo, Pedro Godín Fernández y Juan Caldera siguen presentes en la memoria de los mayores, quienes los recuerdan como los fundadores que hicieron posible el pueblo. No solo levantaron un municipio: construyeron un destino compartido.

El entorno de La Unión conserva el alma de sus primeros días. Las sabanas abiertas, los potreros infinitos y los arroyos que cruzan como venas vivas —Catalina, Canoa, Vijagual, Montegrande, Julupo y Arenal— mantienen la memoria y sostienen la vida del territorio.
La cultura uniense es hija del campo: la ganadería que marcó sus primeros años, los cultivos que dieron sustento, el olor de la tierra húmeda tras la lluvia y los atardeceres encendidos que enrojecen el cielo. Aquí todo parece hablar, desde los árboles hasta el viento.
En La Unión todos parecen conocerse, como si cada apellido formara parte del mapa afectivo del pueblo. Las familias Perdomo, Martínez, López, Godín, Monterrosa, Vergara, entre otras, representan generaciones que han dado vida y continuidad al territorio. El casco urbano tiene su propio corazón: la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, testigo de bautizos, bodas, novenas, procesiones y celebraciones patronales. Y entre sus calles resuena la música típica: gaitas, tambores, papayeras y las bandas que acompañan las fiestas de agosto y las tradicionales corralejas. En La Unión, la música nunca muere, aunque los tiempos cambien.
La cocina uniense es identidad pura. Platillos como el mote de queso, el sancocho criollo en leña, los bollos limpios, el arroz de frijolito y el pescado de río conservan la tradición y se transmiten de generación en generación. Es una gastronomía que no necesita lujo: su riqueza está en los fogones familiares, en las recetas heredadas y en los sabores que cuentan historia.
En los últimos años, La Unión ha experimentado cambios importantes: programas de vivienda, mejora en infraestructura educativa, ampliación de la formación técnica y proyectos de saneamiento básico. Aún quedan retos, pero el camino avanza. Los jóvenes miran hacia adelante con sueños nuevos, mientras los mayores confían en que el municipio seguirá creciendo sin desprenderse de su autenticidad.

La conmemoración de este 4 de diciembre no es solo un aniversario; es un acto de gratitud: por los fundadores que creyeron en el pueblo, por las familias que lo han sostenido, por la música que lo identifica, por la fe que lo acompaña, por la tierra que lo alimenta y por el carácter uniense, hecho de humildad, fuerza y dignidad.
La Unión celebra y se reafirma. Dice: “Aquí estamos. Somos memoria, raíces y futuro.” Y mientras el cielo se tiñe de naranja sobre la sabana, el pueblo vuelve a susurrar lo que siempre ha dicho desde su origen: “Esta es nuestra tierra. Esta es nuestra historia. Y sigue viva.”

