El problema de Cartagena hoy no es solo la pobreza, ni el abandono histórico de sus barrios populares, ni la obscena desigualdad entre la ciudad turística de postal y la ciudad real que sobrevive en la periferia. El problema es más profundo y peligroso: Cartagena tiene un alcalde que gobierna desde el ego, la soberbia y el resentimiento político, no desde la institucionalidad ni el interés general.
Dumek Turbay parece haber optado por un estilo de gobierno marcado por el protagonismo personal y una obsesión casi compulsiva por contradecir al presidente de la República, Gustavo Petro, incluso cuando ello lo conduce al ridículo constitucional, a la desinformación pública y a la banalización de los símbolos de la ciudad.
Más que alcalde de una capital histórica, Turbay actúa como contradictor profesional del Gobierno Nacional. Sus decisiones recientes no responden a una visión de ciudad, ni a un plan coherente de desarrollo, sino a una lógica primaria y peligrosa: si el presidente propone algo, él debe oponerse, así sea a costa del sentido común, del derecho y del bienestar colectivo.
El caso más reciente es revelador. Ante la propuesta del presidente Petro de considerar a Cartagena como sede de eventuales diálogos internacionales entre Estados Unidos y Venezuela, el alcalde reaccionó no con visión estratégica, sino con un berrinche jurídico: afirmó que tal iniciativa no podía realizarse sin su autorización.
La afirmación no solo es falsa, sino alarmante. La política exterior es una competencia exclusiva del Presidente de la República, consagrada en la Constitución. Un alcalde no autoriza ni veta diálogos internacionales. Pretender lo contrario es una caricatura del poder, una fantasía autoritaria en versión local.
Lejos de dimensionar el impacto diplomático, económico y simbólico que un evento de esa magnitud tendría para Cartagena —proyección internacional, turismo, prestigio y centralidad geopolítica—, Turbay prefirió el ruido político. No gobernó; posó.
Pero el episodio no terminó allí. Tras la postura crítica del presidente Petro frente al premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, el alcalde decidió escalar la confrontación simbólica. Anunció que, aprovechando su presencia en el Hay Festival 2026, le entregará las llaves de la ciudad y le rendirá un homenaje.
Este gesto no es cultural ni inocente. Es un acto político deliberado, diseñado para desafiar al Gobierno Nacional y convertir a Cartagena en una pieza de ajedrez de la polarización regional.
Las llaves de la ciudad no son un juguete, ni una respuesta emocional, ni una provocación ideológica. Son un reconocimiento institucional que compromete a toda la ciudad. Usarlas como instrumento de revancha política es una falta de respeto a la institucionalidad cartagenera.
Más grave aún es la instrumentalización de un evento cultural independiente como el Hay Festival. Este festival no es una extensión de la Alcaldía, ni una tarima partidista. Es un espacio plural, crítico y cultural. Convertirlo en escenario de vendettas políticas es colonizar la cultura con el ego del poder local.
Dumek Turbay parece confundir liderazgo con estridencia, autonomía territorial con desafío adolescente y oposición política con sabotaje simbólico. Gobernar no es ganar titulares a punta de polémicas artificiales. Gobernar es resolver problemas. Y Cartagena tiene demasiados. Mientras el alcalde juega a la diplomacia paralela y a los homenajes ideológicos, la Cartagena profunda sigue esperando: la de Nelson Mandela, Olaya Herrera, La María, El Pozón, San José de los Campanos, Fredonia.
Esa Cartagena no necesita llaves simbólicas entregadas a figuras extranjeras. Necesita agua potable, empleo digno, seguridad, salud y educación. El comportamiento del alcalde no fortalece a Cartagena; la expone. La reduce a escenario de caprichos políticos. La convierte en altavoz de una agenda personal que nada tiene que ver con el bienestar colectivo.
Un alcalde no está para ajustar cuentas con el presidente de turno. Está para administrar con responsabilidad la ciudad que gobierna. Cartagena no merece un mandatario reactivo, impulsivo, ególatra ni soberbio. Merece un gobernante con estatura institucional, respeto por la Constitución y madurez política.
La historia de Cartagena es demasiado grande para ser administrada desde el resentimiento. Porque cuando el ego y la soberbia gobiernan, la ciudad pierde. Y Cartagena, lamentablemente, ya ha perdido demasiado.

