Hay destinos que parecen anunciarse en voz baja, como si el tiempo ensayara la tragedia antes de ejecutarla. Yeison Jiménez lo sabía, aunque nunca lo dijo con solemnidad. Lo contó como quien confiesa un temor íntimo, casi con vergüenza, en medio de una conversación sincera: había soñado tres veces con su propia muerte, siempre igual, siempre en el aire, siempre dentro de un avión que no lograba sostenerse en el cielo.
No eran pesadillas estridentes. Eran sueños silenciosos, de esos que dejan una sensación pesada al despertar, como si algo quedara mal acomodado en el alma. En ellos no había gritos ni fuego, solo la certeza absoluta de que el viaje terminaba antes de llegar. Por eso empezó a cuidarse más. Preguntaba, revisaba, dudaba. El hombre que llenaba plazas y escenarios comenzó a desconfiar de las alas que lo llevaban de concierto en concierto.
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Hubo un día —lo relató él mismo— en que decidió desafiar al presagio. Subió a una avioneta intentando convencerse de que los sueños no mandan sobre la vida. No habían pasado ni tres minutos cuando un ruido seco, antinatural, quebró el aire. Algo se soltó. El vuelo regresó. La tierra volvió a aparecer bajo los pies. Aquella vez, el destino pareció retroceder un paso.
Pero los presagios no siempre se rinden. La tarde del sábado 10 de enero cayó pesada sobre Boyacá. La aeronave despegó con prisa, como si también tuviera compromisos que cumplir. El plan era sencillo: Medellín primero, Marinilla después, un concierto más, otra multitud cantando verdades dolorosas convertidas en música popular. Nada extraordinario. Nada distinto a tantas otras veces.
La vereda Romita, entre Paipa y Duitama, fue el punto final. El cielo no sostuvo el pacto. El avión no tomó altura. La tierra, implacable, reclamó lo que el aire no pudo proteger. En cuestión de segundos, el silencio reemplazó a las canciones que aún viajaban en la memoria de quienes iban a bordo.
La noticia se regó como un golpe seco en el pecho de la música popular colombiana. No solo había muerto un artista; se había apagado una voz que narró el dolor, el ascenso y las cicatrices de toda una generación. Con él, se fueron también miembros de su equipo, compañeros de ruta, testigos anónimos de una carrera construida a pulso.
Entonces alguien recordó la entrevista. Alguien volvió a escuchar el pódcast. Alguien repitió, casi en susurro, aquellas palabras sobre los sueños. Y el país entero sintió un estremecimiento incómodo: el de las advertencias que no se entienden hasta que ya es tarde.
Tal vez Yeison lo supo siempre. Tal vez por eso hablaba de cambiar de vida, de bajar el ritmo, de cuidar lo esencial después de un año de éxitos, giras internacionales y logros materiales. Como si, en el fondo, estuviera despidiéndose sin anunciarlo.
Hay historias que no empiezan el día de la tragedia, sino mucho antes, en un sueño que insiste. Y hay canciones que, incluso después del silencio final, siguen sonando como una forma de despedida anticipada. Porque hay destinos que no gritan: se sueñan.

