«Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que Él escogió como heredad para sí.» (Salmo 33:12)
Hay momentos en la vida de las naciones en los que las cifras, los discursos y los debates pasan a un segundo plano. Son esos instantes en los que lo verdaderamente importante es lo que ocurre en el corazón de las personas. Y creo que Colombia atraviesa uno de esos momentos.
Más allá de las diferencias políticas, de las preferencias electorales y de las posiciones ideológicas que cada ciudadano pueda tener, muchos colombianos despertamos con una sensación que hacía tiempo no percibíamos con claridad: la esperanza.
No hablo de una esperanza basada en promesas humanas ni en la confianza absoluta depositada en un gobernante. Hablo de esa esperanza profunda que nace cuando un pueblo decide no rendirse, cuando vuelve a creer que es posible sanar heridas, corregir errores y construir un mejor futuro para las generaciones que vienen detrás.
Durante años hemos visto a Colombia atravesar momentos difíciles. Hemos sido testigos de la polarización, de la desconfianza, de la incertidumbre económica, de la violencia que persiste en algunas regiones y de las preocupaciones que afectan a millones de familias. Son cargas que han dejado huellas en el alma colectiva de la nación.
Sin embargo, la historia nos enseña que ningún tiempo difícil es eterno. Los pueblos también tienen la capacidad de levantarse, de reencontrarse y de recuperar el rumbo cuando deciden caminar unidos.
Por eso hoy escribo desde la fe. Quiero agradecer a Dios porque, a pesar de nuestras diferencias, seguimos siendo una democracia donde los ciudadanos pueden expresarse libremente y decidir su destino a través de las urnas. Quiero agradecer porque, aun en medio de las dificultades, Colombia sigue siendo una nación de gente trabajadora, resiliente y profundamente creyente.
La Biblia nos recuerda que nuestra confianza no debe estar puesta únicamente en los hombres, sino en Dios, quien guía los destinos de los pueblos y acompaña a quienes buscan actuar con rectitud.
Por eso este no es un momento para la arrogancia ni para el resentimiento. Es un momento para la reflexión. Para reconocer que todos compartimos la misma patria y que ninguno de nosotros puede construir el futuro por separado.
Las campañas pasan. Los gobiernos cambian. Pero Colombia permanece. Y esa Colombia necesita hoy más reconciliación que confrontación, más diálogo que insultos, más generosidad que egoísmo. Necesita ciudadanos capaces de escuchar al que piensa distinto y líderes dispuestos a gobernar para todos, sin exclusiones ni divisiones.
Millones de colombianos anhelan vivir en un país más seguro, más justo y con mayores oportunidades. Anhelan que sus hijos crezcan en tranquilidad, que el esfuerzo sea recompensado y que el trabajo honesto permita alcanzar los sueños.
Esos anhelos no pertenecen a una ideología. Son aspiraciones comunes que unen a quienes aman esta tierra. Como creyente, mi oración hoy no es solamente por quienes resultaron favorecidos por los resultados electorales. También es por quienes piensan diferente, por quienes sienten preocupación, por quienes tienen dudas sobre el futuro y por quienes siguen esperando respuestas.
Oro por las familias, por los jóvenes, por los campesinos, por los empresarios, por los trabajadores, por las Fuerzas Militares y de Policía, por las iglesias, por las instituciones y por todos aquellos que, desde distintos lugares, contribuyen cada día a construir país.
Porque Colombia no se levantará gracias a una sola persona. Colombia se levantará cuando millones de ciudadanos decidan hacer lo correcto, trabajar con honestidad y recuperar la confianza en el valor de la unidad.
Hoy simplemente quiero agradecer. Gracias, Señor, por sostener a nuestra nación en medio de las dificultades. Gracias por permitirnos seguir creyendo. Gracias por recordarnos que siempre existe una nueva oportunidad para comenzar. Y que nunca perdamos la certeza de que, aun en los momentos más complejos, tu mano sigue guiando el destino de Colombia. Amén.

