Hay despedidas que no caben en un protocolo ni se resumen en un acto institucional. Son aquellas que obligan a detener el tiempo porque detrás de ellas hay una historia construida durante décadas, una historia que pertenece no solo a quien parte, sino también a miles de personas cuyas vidas fueron transformadas por su presencia. Así ocurre con la rectora Liyis Murillo Rodríguez.
Cuando cierre por última vez la puerta de la rectoría de la Institución Educativa José Antonio Galán, en San Antero, Córdoba, no terminará simplemente una carrera profesional. Se cerrará un ciclo de más de medio siglo dedicado a una de las tareas más nobles que puede asumir un ser humano: educar.
Durante más de cincuenta años, el sonido de la campana escolar marcó el ritmo de su vida. Las aulas fueron su segundo hogar; los estudiantes, su razón de ser; y la educación, mucho más que una profesión: una vocación asumida con absoluta convicción.
Generaciones enteras crecieron bajo su mirada exigente, pero profundamente humana. Algunos la recuerdan como la profesora que nunca aceptaba la mediocridad; otros, como la rectora que siempre encontraba tiempo para escuchar a un estudiante en dificultades o para orientar a una familia en momentos complejos. Muchos descubrieron en ella una mezcla poco común entre disciplina, autoridad y afecto. Su historia es también la historia de la Institución Educativa José Antonio Galán.
Mientras el municipio de San Antero cambiaba con el paso de los años, la institución también evolucionaba. Nuevos retos, reformas educativas, transformaciones sociales y tecnológicas fueron llegando generación tras generación. En medio de todos esos cambios permaneció una figura constante: Liyis Murillo Rodríguez, convencida de que la educación solo tiene sentido cuando forma ciudadanos íntegros antes que simples profesionales.
Como docente primero y luego como rectora, lideró procesos académicos, fortaleció la gestión institucional y promovió una cultura basada en la excelencia, el respeto y los valores. Bajo su dirección, la institución consolidó importantes avances y fortaleció el sentido de pertenencia de toda la comunidad educativa.
Pero su mayor obra nunca estuvo escrita en informes administrativos ni en indicadores de calidad. Su verdadero legado camina hoy por las calles de San Antero y de muchas ciudades del país. Son médicos, ingenieros, docentes, abogados, empresarios, servidores públicos y trabajadores que alguna vez ocuparon un pupitre bajo su orientación. También son hombres y mujeres que, más allá de un título profesional, aprendieron de ella el valor de la responsabilidad, la honestidad y el compromiso con la sociedad.
Porque educar nunca consistió únicamente en enseñar matemáticas, ciencias o literatura. Educar, para Liyis Murillo, siempre significó formar personas. Quienes compartieron con ella recuerdan su capacidad para exigir cuando era necesario, pero también su permanente disposición para tender una mano. Su liderazgo nunca necesitó estridencias; bastaba su presencia para transmitir autoridad, serenidad y confianza.
Por eso, cuando llegó el momento de despedirla, la comunidad educativa comprendió que no se trataba de un simple retiro laboral. En el marco de la Semana Cultural 2026, la Institución Educativa José Antonio Galán le rindió un homenaje bajo el lema «Gratitud por un legado de servicio». Fue un acto cargado de simbolismo, emociones y recuerdos, donde estudiantes, docentes, egresados, padres de familia y directivos coincidieron en un mismo sentimiento: agradecer a la mujer que convirtió la educación en el proyecto de toda una vida.
Los aplausos, los abrazos y las lágrimas no fueron el adiós a una funcionaria que culminaba su servicio. Fueron el reconocimiento a una maestra que ayudó a escribir buena parte de la historia educativa de San Antero, porque las instituciones pueden levantarse con cemento, ladrillos y acero. Sin embargo, solo permanecen en la memoria colectiva cuando existen personas capaces de darles alma.
Durante más de cinco décadas, Liyis Murillo Rodríguez fue precisamente eso: el alma de una institución que encontró en ella una guía permanente, una defensora incansable de la educación pública y una mujer convencida de que cada niño y cada joven representan una oportunidad para transformar el futuro.
Ahora llega el tiempo del descanso, de contemplar desde otra orilla los frutos de tantos años de entrega. Pero hay jubilaciones que solo existen en los documentos oficiales, Su legado no conoce de retiros, permanecerá vivo en cada aula que ayudó a fortalecer, en cada maestro al que inspiró, en cada estudiante que aprendió bajo su ejemplo y en cada familia que encontró en la escuela un espacio de esperanza.
Porque hay educadores que cumplen una jornada laboral y hay otros que dedican toda una vida a sembrar futuro. Liyis Murillo Rodríguez pertenece a esa segunda estirpe: la de los maestros cuya mayor obra no se mide por el tiempo de servicio, sino por las generaciones que ayudaron a construir.

