Vivir en esencia es como un postre agridulce, con momentos de felicidad infinita conectado con emociones como la alegría, para muchos este es el estado ideal, y les recuerda la famosa frase “y fueron felices por siempre”. Lo que es irreal, pero aun así se pretende mantener el felices por siempre congelado en el tiempo, y esa resistencia al cambio de sabores que la vida nos ofrece, es lo que nos genera sufrimiento. Y por otra parte están los momentos duros en donde enfrentamos al dolor y probamos el lado agrio del dulce y esto es inevitable.
Precisamente de eso se trata el dolor es una vivencia natural frente a una pérdida o cualquier experiencia que nos enfrente a la crisis como tener hijos, casarse, cambiar de ciudad, finalizar una relación, entre más fuerte sea el vínculo afectivo, mayor será la sensación de dolor que sintamos.
No podemos evadir el dolor, y la mayoría de las veces queremos huir de su presencia como si estuviera fuera de nosotros. Podemos simular no tener una mano un dedo pero igual aunque neguemos su existencia habrá situaciones que nos obliguen a aceptar que está allí.
Cuando nos resistimos al dolor y lo evadimos, autosaboteamos el proceso de sanar emocionalmente; porque en lugar de elaborar y resolver lo que vivimos, el silencio hace que ese dolor se albergue en nuestro cuerpo y podría resultar de ello una enfermedad con la que nuestro ser nos grita que ese dolor no se ha ido…y es así como nos duele la cabeza, la espalda, el abdomen, entre otros múltiples lugares de nuestra biología, cada lugar pone en evidencia la conexión emocional de ese dolor.
Por eso es tan importante aceptar lo que sentimos, sea cual sea nuestra emoción (rabia y/o tristeza) por la situación dolorosa. Poder detenernos para sentirnos y tener la experiencia de vivir es asumir que la vida incluye el sabor agrio y que este sabor también viene a sanarnos, a mostrarnos el aprendizaje que esconde cada momento vivido, que cuando un ser querido trasciende no nos abandona, porque nadie nos pertenece y que las personas están vivas siempre que las recordamos. Podemos despedirnos de una relación toxica cuando aceptamos que nos seguirnos envenenando y que manteniéndonos allí no va hacer la diferencia, la mayoría de las veces lo que hace que las personas se queden es precisamente el miedo al dolor.
Este miedo al dolor es lo que nos genera el sufrimiento, sufrimos por una mala relación que nos tortura por días, meses y años. Sufrimos por la no aceptación del dolor, la tristeza, el miedo, la angustia, la ansiedad…. Nos terminamos enfermando de muchas cosas a raíz de ese sufrimiento innecesario, lo repito el sufrimientos es opcional, a diferencia del dolor que es una experiencia natural. El sufrimiento es una decisión de la que podemos liberarnos con el trabajo interno de autoconocimiento, que nos permita reconocerlo, darle las gracias por lo aprendido y emprender las acciones necesarias para volver a vivir el lado dulce de la vida en libertad, amor propio y bienestar emocional.



