Estamos apenas a tres días de que se produzca un cambio clave para la estabilidad y quizás para el futuro del mundo. Y no es otro que la posesión de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, como nuevo gobernante de la aún primera potencia mundial.
Será el hombre más viejo en asumir los destinos de su país desde la Casa Blanca: 78 años recién cumplidos, con medio siglo en las lides políticas. Su historia personal registra fuertes dramas: a los 10 años la bancarrota del padre le cambio la vida a la familia, católica, por cierto, y tuvieron que mudarse de ciudad; lidió muchos años de su niñez y juventud con la tartamudez; cuando empezaba su carrera política perdió a su primera esposa y a una hija, y en 2015 vio morir de cáncer a su hijo mayor, quien era el llamado a tomar su testigo.
En política, Biden tuvo el gran mérito de servir en el Senado durante seis periodos, más de 30 años. El mismo se describe como un «tipo del Senado». Nada como nadie en esas aguas y compartió curul con varios de los viejos líderes de ambos partidos que están aún allí. Como era de esperarse, también quiso ser presidente de Estados Unidos.
En su primer intento -1988- fracasó porque lo acusaron de plagiar un discurso. En el segundo, 20 años después, rápidamente se dio cuenta de que no tenía suficiente fuerza y se retiró de la carrera por la nominación demócrata, pero Barack Obama -consciente de que necesitaba un «tipo del Senado»- lo escogió como vicepresidente.
Después de ocho años con Obama, de su decisión de no postularse para sucederlo y de la muerte de su hijo, todo indicaba que el momento del retiro del abuelo Biden había llegado. Sin embargo, la política es dinámica, como decía Serpa: recuperó ánimos, se lanzó y, en medio de una lista de nombres que no garantizaban la unidad del partido demócrata, su figura madura ganó terreno, especialmente por el consenso sobre la necesidad imperiosa de tener a alguien que pudiera evitar un segundo mandato de Donald Trump, quien incluso generaba ya rechazo y vergüenza en muchos republicanos.
Biden, creo unidad, capitalizó el descontento y se proyectó como la figura tranquila que podría devolverle la cordura y la decencia a la Casa Blanca, acompañado de una figura que significaba un avance social: su candidata a la vicepresidencia de origen afro-asiático, Kamala Harris.
La pelea no pintaba fácil, pero llegó la crisis de la pandemia: Trump se equivocó en el manejo, se dispararon los muertos y la ocupación de los hospitales, subió mucho el desempleo, miles de pequeñas empresas entraron en crisis y así se esfumó el gran argumento del magnate para reclamar un segundo mandato.
Lo que Trump ha venido haciendo tras su derrota electoral, incluida la insólita toma violenta del Capitolio, han confirmado que la decisión de las urnas era la correcta. Gracias a eso, el casi octogenario Biden se posesionará este miércoles con una aureola más grande de alivio y esperanza, pero también con la responsabilidad de generar puentes más firmes que traigan calma y unidad a los estadounidenses.
Tiene a su favor la mayoría demócrata en ambas cámaras. Con ella garantizada por los dos próximos años, seguramente impulsará leyes que ataquen lo primordial hoy: los efectos económicos y sociales de la pandemia. Sin embargo, como es un «tipo del Senado», Biden sabe que es mejor buscar consensos cuando se trate de las grandes reformas, así tenga la presión de sus propios compañeros de partido, sobre todo los de tendencia más progresista, para hacerlas más rápido y más profundas.
Uno de esos temas será el futuro de Trump, que podría ser juzgado después de pasados los primeros cien días de mandato, para no distraer al Congreso de lo prioritario. Es posible que la mayoría en el Senado quiera enterrar a Trump para siempre, pero también hay riesgo de que al victimizarlo se vuelva un peligro para todos, pero especialmente para el partido republicano, por su gran apoyo popular. Biden sabe que mantener un bipartidismo sólido es clave para Estados Unidos.
Serán cruciales también en el cuatrienio del nuevo presidente la reforma para evitar los abusos policiales y judiciales frente a las minorías, la de inmigrantes, la de beneficios en salud y la de impuestos, por mencionar algunas. Esos pueden ser terrenos para usar todo el poder de los demócratas, pero quizás un político como Biden prefiera buscar consensos para evitar nuevas divisiones que luego se reflejen en el mismo Congreso y en las urnas.
En el plano internacional, de Biden se espera un regreso al pasado, muy en la línea histórica de construir alianzas y generar acercamientos con otras potencias vigente hasta Obama, y no en la de la permanente imposición y confrontación, generada por Trump, especialmente con Europa y China. El nuevo mandatario tiene muchas horas de vuelo en estos asuntos porque los manejó en el Senado y como Vicepresidente, por lo que se espera que las cosas vuelvan muy pronto al cauce de antes.
En el caso de Latinoamérica, no hay duda de que el trato será mejor, pero no se puede esperar un cambio sustancial. La revisión de la política antiinmigración, la posibilidad de recuperar lo avanzado por Obama con Cuba y la búsqueda de una salida negociada para el cambio de régimen en Venezuela se asoman como los temas sustanciales con la región. No hay, por ahora, indicios de grandes cambios en la política antidrogas en la era Biden, lo que sería vital para Colombia.
Habrá que esperar, pero el nuevo presidente estadounidense tiene muchas cosas para arreglar internamente y en el plano superior de las grandes potencias. Así que posiblemente no mirará mucho hacia estas tierras.
La casa propia no está en orden y, desde el miércoles, estará a prueba la capacidad de Biden para arreglarla y hacer lo que prometió en campaña: sanar heridas y unir a la sociedad estadounidense. Tendrá que usar las habilidades de un equilibrista para conciliar el regreso a las cosas buenas del pasado y generar a la vez cambios significativos.
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