«Y los milicos locales me miraron…” Esta frase viene de la obra “Viento Del Exilio”, de Mario Benedetti, escrito en los ochenta y que fue correspondiente a mis convulsionados años de universidad. Para esa época me gustaba propiciar miradas contrariadas cuando dejaba ver mi espíritu apasionado y rebelde.
Pensando en esto, es claro que de alguna u otra forma somos objetos de todo tipo de miradas. Esto es inevitable al estar en contacto con otros. Algunas veces somos nosotros mismos quienes buscamos que nos miren de una u otra forma, y para ello desarrollamos ciertas actitudes, conductas y comportamientos, pero otras veces vienen miradas que no necesariamente tienen que ver con lo que realmente somos.
La mayoría de las veces nos miran desde una perspectiva que no obedece a lo que en verdad somos, sino más bien a lo que en esencia son las personas que nos están mirando.
Sobre nosotros vienen miradas de admiración o de rechazo, miradas de compasión, pero también miradas inquinas, otras veces hay miradas que reflejan un genuino interés en lo que somos, pero otras veces de absoluta indiferencia.
Muchas veces quisiéramos que todas las miradas fueran de aceptación, solidaridad, afecto etc. pero entre los humanos las cosas no son así. Las miradas vienen de todo tipo y eso es algo que no podemos cambiar.
Lo que si podemos cambiar es la forma como nosotros miramos. Preguntarnos ¿cuáles son nuestros ojos para con los demás? Si somos honestos en contestar esta pregunta, tenemos que reconocer que igual que todos, también estamos condicionados por lo que en realidad somos, o dicho de otra forma en cómo nos miramos a nosotros mismos. Y esa es la pregunta; ¿Como nos vemos? ¿Cómo nos miramos?
El gran error es que nos movemos hacia extremos que lindan con la jactancia personal en un lado o que lindan con el minimizar o rechazar lo que somos en el otro. Es menester aprender a mirarnos con balance, creo que esa es la clave de una saludable autoestima. Con balance me refiero a considerar, aceptar, valorar y aprovechar nuestras fortalezas, pero también a reconocer y esforzarnos por trabajar con nuestras debilidades.
En esencia así somos todos, una combinación de rasgos muy buenos, con otros que lamentablemente y muy a pesar de nosotros no lo son. Vernos de esta forma es maravillosamente liberador, nos guarda de caer en el enaltecimiento y la soberbia pero también en la condena o el desprecio por nosotros mismos.
De esta práctica de balance y equilibrio al tener la libertad de mirarnos tal cual somos, lo que también podemos llamar haber alcanzado madurez, se desprende también un efecto especial y maravilloso; me refiero a que desde ese punto se estarán aclarando nuestros ojos para tener una saludable manera de mirar a los demás.
El aceptarnos comunes y corrientes, con esa mezcla de fortalezas y debilidades es definitivamente lo que nos permitirá ver a los demás de la misma forma, Sin idealizar o idolatrar a otros por sus virtudes y logros, ni rechazarlos o menospreciarlos por sus defectos o fracasos.
Al final la reflexión que es sencilla, nos llevará a concluir para salud de todos, que los demás también son iguales que nosotros. Y en ese momento entonces habremos aprendido a mirarnos sencillamente como lo que somos “maravillosos seres humanos”.



