El exceso de política es perjudicial para el Ser Humano. Las personas que tienen un espíritu trabajador buscan alcanzar un equilibrio entre independencia, trabajo autónomo, privacidad y responsabilidades comunitarias. Entienden que el escenario público es sólo un elemento más, que sirve como uno de los medios para desarrollar sus actividades, gustos y talentos, pero que nunca puede convertirse en el centro de sus vidas. Para quienes tienen esta virtud y se desenvuelven en la política, saben que se trata de un servicio temporal que debe prestarse a la comunidad cuando ella lo requiera. Un ejemplo de esto se encuentra en Lucius Quinctius Cincinnatus, patricio romano que se dedicaba a labores agrícolas y ganaderas, a quien el Senado buscó en dos ocasiones para ser nombrado cónsul, pero una vez terminada su labor, siempre regresó a su finca para continuar con sus ocupaciones de campo y mantenerse apartado.
Hace unos siglos, en el mundo occidental, las personas tenían la tendencia de culpar a una divinidad de todas sus desgracias. Dios o los dioses eran el punto donde el Ser Humano desembocaba todas sus frustraciones y sus desventuras de vida. Las guerras, la pobreza, la falta de trabajo, la escasez, el atraso y otros fenómenos eran atribuidos a los seres espirituales.
Con la Revolución Francesa de 1789, la masonería logró imponer la idea de la separación entre el Estado y la Iglesia, bajo el supuesto que la influencia de los líderes espirituales en la política era perjudicial para el desarrollo social. Sin embargo, lo ocurrido sólo fue un cambio en la desembocadura del inconformismo humano. Las nuevas doctrinas políticas y los nuevos gobiernos seculares se convirtieron en los nuevos receptores de la culpa de las desgracias personales de los individuos. Peor aún, cuando, en el contexto de racionalismo político secular, los problemas se agudizaron con el avance de algunas tecnologías industriales y la sociedad entró en profundas divisiones que continúan actualmente.
A diferencia de la sociedad pasada, la de hoy cuenta con unos medios de comunicación que han vuelto de la política un espectáculo mediático y de los políticos unos showmen. Esta actividad, ahora es un producto de mercado que debe venderse como si se tratara de la camiseta de un equipo deportivo, al cual hay que apoyar con fervor fanático.
Lo anterior ha hecho de la política una sopa virtual, donde se ha potenciado la vanagloria de siempre, en una competencia por quién pondrá su nombre más en alto, por quién dejará una mayor marca en la historia, por quién será más venerado, por quién hará más dinero y ostentará más poder. Sus simpatizantes no se quedan atrás. Ellos también han aumentado. Hacen barra desde las gradas de sus celulares, computadores y televisores, a través de los cuales, al mejor estilo de los antepasados con los seres divinos, culpan de todas sus desgracias personales al grupo político contrario. Existe un bombardeo constante de mensajes e imágenes cargadas de insultos, frustraciones, odios y resentimientos que contaminan nuestra mente y nuestras emociones con el fin de seguir escalando a un nivel mayor. Lo mejor es tomar el ejemplo de Cincinnatus, apartarse y sólo entrar en ese escenario cuando sea necesario.
El sociólogo alemán, Jürgen Habermas, en su libro: Teoría y Praxis, sostiene que los individuos deben dirigirse hacia una sociedad con altos niveles de sentido común, donde las personas alcancen mayores grados de autonomía y donde la política sea reducida a lo necesario. De igual forma, en el plano divino, el apóstol Pablo siempre exhortó a los cristianos a desarrollar disciplina y madurez espiritual, para ser autónomos en su relación con Dios y así evitar ser dependientes de los líderes de la iglesia. En mismo sentido, debemos superar la cultura político centrista y enfocarnos en la realización de actividades, trabajos o hábitos que nos hagan seres humanos autónomos, firmes como rocas que no se mueven por cualquier viento de doctrina política.




