1990, cursaba yo cuarto año de medicina en la Universidad del Valle, y, entre los muchos fantásticos docentes de los que tuve la fortuna de aprender el noble y bello oficio de la medicina, destacaba un hombre de espesa y negra barba, calvicie androgénica, sobrepeso, fuerte olor a cigarrillo y una gruesa voz que, cuando él pasaba revista, se podía escuchar por todos los rincones del servicio de urgencias de medicina interna del Hospital Universitario del Valle.
Se me antojaba a algún personaje de un libro de Kafka, tan profunda y trágicamente humano que se me parecía más a una criatura salvaje que a los bufones uniformados en que la cultura insiste en convertirnos, disonando de ese entorno aséptico, encopetado y deshumanizado que las farmacéuticas han creado para los médicos y que llaman sociedades científicas, que él respetaba profundamente y en el que intentaba vanamente pasar desapercibido.
Pero lo que realmente me maravilló de él fue su dedicación para sus pacientes con VIH. En ese entonces a todos nos daba miedo el contacto con las personas con VIH, hasta a los infectólogos de entonces. En los hospitales marcaban sus sábanas con 3 asteriscos rojos, los aislaban y se extremaban todas las medidas de bioseguridad como si se tratara de una enfermedad contagiosa. Nadie quería saber nada de ellos. Ni hablar del estigma y el rechazo social.
Pero él llegaba sólo con su bata blanca, sin guantes ni máscaras, y los tocaba, les daba la mano, los abrazaba, conversaba largamente con ellos, les enseñaba y a la vez aprendía. ¿Cómo era posible!? ¿Eran esos pacientes seres humanos? ¿Eran también personas? ¿Merecían afecto y consideración en lugar de culpabilización?
Esa lección, que aún muchos colegas, incluyendo muchos infectólogos que conozco, no han aprendido, me la ensenó él desde el primer día. Por eso acudía cada vez que podía a su consulta para pacientes externos y no me perdía sus visitas a las salas de hospitalización.
Me titulé en 1993 y me fui para la selva amazónica. Pasaron algunos años y muchas experiencias que me llevaron a enfocar mi ejercicio profesional como médico en la atención de las personas con VIH. Ello facilitó el reencuentro en 1999. A partir del año 2000 empecé a trabajar con él en su fundación para personas con VIH.
Y entonces descubrí que ese era su mundo, que en ese rincón de desdicha y tragedia él, cuya inapacible esencia había sacado canas a los rancios curas del colegio Berchmans, se convertía en luz, y la espuma de su entusiasmo brotaba tan alta y deslumbrante sobre ese mar de sufrimiento que le permitía lograr lo que nadie más podía, darle consuelo a esas personas y a sus familias y mejorar sus vidas, y a la vez alivianar su propio tormento (el parafraseo es intencional, para quien haya leído a Hesse).
El fue pionero en muchos aspectos de la atención de las personas con VIH en Colombia y en Latinoamérica. Entre muchas cosas, fue el primero en implementar la prevención de la transmisión del VIH de madres embarazadas a sus bebés y lo logró con gran éxito. Desde hace 20 o más años decidió focalizar la detección de la infección por el VIH en las personas con mayores probabilidades de adquirirla, ligándola a la complementación diagnóstica inmediata y al inicio rápido de la atención integral; iba a contracorriente, en ese entonces los esfuerzos se dirigían a ofrecer ampliamente las pruebas de VIH a todas las personas; el tiempo le dio la razón.
Se inventó un modelo de atención biopsicosocial, en el que los aspectos psicoafectivos y los entornos familiares, laborales y sociales son tan importantes como los biológicos y que integra bajo un mismo techo todos los servicios que necesita una persona con VIH no hospitalizada para su atención, y demostró con varias investigaciones su mayor efectividad.
Años después se estableció como estándar para Colombia. Como a ninguna EPS le interesaba pagar por la atención psicosocial, se inventó un modelo de contratación por paquetes de atención para poder ofrecer la atención humanizada que las personas con VIH necesitan sin que tuvieran que hacer colas y esperar autorizaciones por cada servicio o medicamento necesitado. También se convirtió en estándar para Colombia. Integró la atención de las personas con VIH con un centro de investigación y con la formación de alto nivel para profesionales de la salud.
Jaime Galindo Quintero falleció hace 2 años. Cualquiera que lo haya conocido pudo sin mayor dificultad descubrir su gran inteligencia, visión y capacidad organizativa. Pero quienes nos atrevimos a seguirlo y tuvimos la infinita suerte de verlo brillando, y volvíamos a él una y otra vez como polillas buscando esa luz, como si fuera nuestro propio sueño de felicidad, podemos dar fe de que era una persona extraordinaria.
Su enorme legado puede pasar desapercibido para la mayoría, pero su huella en los que lo seguimos perdurará hasta el final de nuestros días.





